Arturo Alejandro Muñoz

Lo que usted leerá a continuación es un cuento, un relato de ficción, ya que jamás ha existido, existe ni existirá algo parecido en Chile. Ahora bien, si usted amigo lector cree que lo escrito en estas líneas tiene algún grado de correspondencia con la realidad, la culpa será única y exclusivamente suya por conocer asuntos tan terribles como los que aquí se relatan, pero no será culpa ni responsabilidad del autor de este cuento de ficción si se produjese aquella lamentable coincidencia.

Cuento para leer mientras se viaja en el Transantiago.

HAY MOMENTOS EN que los chilenos parecemos olvidar el significado y relevancia de algunos conceptos, como por ejemplo el de “Autoridad”, o ‘Primera Autoridad”, o “la Autoridad”…ya que nos hemos acostumbrado a conceder ‘autoridad’ a cualquier persona sin detenernos a reflexionar respecto de la importancia que el tema puede tener en nuestras propias existencias ciudadanas.

Es que la mentada “autoridad” no se circunscribe a un determinado grado o nivel de mando que pueda tener una persona, sino principalmente a la calidad moral e intelectual que ella ostente, pues merced a lo anterior es que la sociedad le entrega algunas férulas a objeto de que la guíe y la represente. He ahí el problema.

Para muchos chilenos resulta inaceptable que algún compatriota iletrado –aparecido gracias al birlibirloque de especimenes que perviven eternamente agraciados por fueros parlamentarios- logre agenciarse el báculo político que lo distingue como alcalde, concejal o cualquier cargo parecido, mediante el estruje de un sistema seudo democrático manejado por escasos individuos que componen las dirigencias de las tiendas partidistas, de las que se han apoderado e impiden el acceso de fuerzas renovadas al escenario de la política nacional.

“El que no lee, habla mal, piensa peor y se expresa como bestia”, así rezaba un adagio que décadas atrás los curas de la Gratitud Nacional sembraban a metemachaca en nuestras cabecitas de alumnos como si fuese uno de los Diez Mandamientos. Han pasado los años y debo concederles razón a esos sacerdotes salesianos. Sin embargo, lo que ellos nunca nos dijeron fue que algunos políticos (en especial, los ‘importantes’), se esmerarían en nominar a guarapos ignorantes, ojalá semianalfabetos, para postularlos a cargos comunales, y de esa forma (merced a la incultura del nominado) poder manejar a su amaño el municipio y la comuna misma, ya sea directamente o por intermedio de los ‘asesores’ que el parlamentario ofrecería al recién electo alcalde. Todo esto, al senador o al diputado le sirve sólo si quien ha sido elegido como primera autoridad comunal es un vagabundillo que con suerte puede juntar la letra eme con la pe, o no confundir la ele con la erre.

Lo anterior quedó comprobado el sábado 06 de diciembre en varias comunas (de cuyos nombres no quiero acordarme) al momento de asumir las nuevas ‘autoridades’, algunas de las cuales tuvieron la mala idea de dirigirse a los presentes leyendo papelitos que, con toda certeza, fueron preparados por los mismos parlamentarios que les hicieron creer en sus capacidades lectoras y administrativas. Fue un absoluto fiasco, una vergüenza y una rotunda confirmación de los temores expresados en las respectivas campañas por sus propios adherentes.

Parafraseando a García Lorca, “no quiero decir, por hombre, las cosas que esos nuevos alcaldes dijeron”, pero sí me referiré a cómo las dijeron, cómo las leyeron o cómo las interpretaron. Para esos efectos, me constriño a corregirles -por este medio- sus exiguos vocabularios intentando a la vez aumentarles con vocablos e ideas nuevas aquel desierto de neuronas que dejaron al descubierto ese día sábado.

En primer lugar, señores ediles, no se dice “arcarde”, sino “alcalde”. Ustedes no estarán en la “arcardía”, sino en la “alcaldía”. El esposo de una de sus hijas, no es su ‘nuero’, sino que es su “yerno”. Al retirarse por algunos minutos del lugar donde se encontraban, no debieron decir a los presentes: “güervo luego”, sino “vuelvo luego”, o “regreso pronto”. Lindo gesto el de uno de ustedes cuando saludó a los ediles de otras comunas, pero debo aclararle que no existen comunas llamadas “Tarca”, “Parmilla” ni “Cortauco”, sino Talca, Palmilla y Coltauco.

En segundo término, señores alcaldes, ustedes no están obligados a quedar como trapos mojados después de cada reunión con juntas de vecinos, clubes deportivos o comités habitacionales. Nadie les exige que se despachen cuanta botella de vino, pisco o aguardiente hay en el lugar, para salir finalmente en andas de sus simpatizantes, ya que a pie y por sus propios medios sería imposible. Durante la larga campaña, a algunos de ustedes les vimos en varias oportunidades quedarse dormidos frente al público, y no por cansancio, sino por efectos del alcohol. El agua, señores alcaldes, no se usa sólo para cocinar y lavarse, sino también para apagar la sed. Y en las sesiones del Concejo Municipal acostúmbrense a tomar un tecito o un café…pero jamás se les ocurra pedir una ‘cervecita’.

Por eso, no ‘güervan’ a embriagarse en los eventos oficiales, no les den gratuitamente mala fama a los militantes de sus respectivos Partidos, ni les den tampoco alpiste a sus opositores que ya andan por ahí asegurando que “con dos pilsener los convencen”. Gran mentira esta última, pues según yo mismo he escuchado a muchos de sus simpatizantes, a ustedes hay que convencerlos con cuatro o cinco pilsener. De todas maneras, parece que son ustedes parroquianos de “cocimiento rápido”, pues nunca se les ha visto terminar una reunión política en estado de normal temperancia, e incluso, según supimos, a más de uno de vosotros le gusta atravesar las calles abrazado al gorila a plena luz del sol arriesgándose a que un automóvil lo haga pebre.

Más seriedad señores alcaldes, y menos tintolio. Más horas ensayando la lectura, la dicción y la conformación de ideas, porque si sus cuatro años de administración van a ser como esos minutos que les escuchamos hablar el sábado 06 de diciembre, o como les vimos marearse y sandunguear durante la campaña, o si recordamos la sarta de estupideces que prometieron a la gente (como por ejemplo: instalar en una pequeña comuna campesina nada menos que a la mismísima “fábrica de la Coca-Cola” para dar empleo a miles de personas)…entonces, ¡¡que Dios pille confesadas a sus comunas y a sus propias tiendas políticas!!

¡¡Además, cómo se le ocurrió a uno de ustedes decir que gobernará en beneficio de la gente de su Partido solamente!! ¿Y el resto de la comuna, ese 60, 65 o 70%, qué? El parlamentario que lo impuso como candidato único de su coalición política, olvidó darle algunas clases de Educación Cívica esencial y enseñarle que las autoridades –en especial las que resultan serlo por obra y gracia de la soberanía popular- deben gobernar para todos…y no para un grupo.

Si las ideas y el programa de estos ‘arcardes’ (perdón, ‘alcaldes’) son similares a sus vocabularios y cultura etílica, los habitantes de esas comunas, más temprano que tarde, considerarán que esos ediles carecen de autoridad y los transformarán definitivamente en meros cacharros decorativos sentados en un sillón municipal, mientras otros (asesores y/o funcionarios) administran el municipio obedeciendo las instrucciones de los parlamentarios que sonreirán agradecidos por sus buenas ideas de haber impuesto e esos cargos a hombrecitos ínfimos, fáciles de manejar como si fuesen títeres. Con todo lo señalado, esos mismos parlamentarios mostrarían también su verdadera opinión respecto de aquellas comunas, pues considerarían que un alcohólico y/o un iletrado son elementos suficientes para administrarlas.

Volviendo al tema que inicia este cuento, una “autoridad” como la que hemos reseñado aquí –y que difícilmente puede existir en nuestra patria- jamás sería representante de ciudadanos moral, intelectual y humanamente normales (no quise decir ‘mejores’), pues es en extremo improbable que un ebrio, mal hablado e inculto personaje pueda lograr que sus conciudadanos le dispensen un trato de primera autoridad comunal.

¡¡Imposible que lo relatado en estas líneas suceda alguna vez en Chile!! ¡¡Imposible!! Por eso este es un cuento, vale decir, una ficción, una fantasía, una mentira. Así que usted, querido lector, no se equivoque creyendo que es cierto.