LA COLUMNA DE RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
BARACK OBAMA TERMINARÁ PRISIONERO EN LA JAULA DE HIERRO WEBERIANA
Rafael Luís Gumucio Rivas
A comienzos del siglo XX Max Weber publicó el libro "La sociología de las religiones"; el capítulo III está dedicado al protestantismo y al catolicismo, un estudio que relata su viaje a Estados Unidos. Weber define tres formas de legitimidad política: la tradicional, que se basa en las monarquías de derecho divino; la legal, que surge del sufragio y su base está constituida por la racionalidad y la burocracia moderna; la última, el carismático, que surge de un término religioso, el carisma, es decir, el don de Dios a una persona dotada de poderes especiales.
El concepto del poder carismático supone la superación de una política dominada por el racionalismo, la burocracia y la tecnocracia, es decir, se quiebra la famosa jaula de hierro. No basta el surgimiento de un líder carismático para asegurar su triunfo, se hace imprescindible, además, una situación carismática, una crisis tan radical que tenga completamente desoladas y sin norte a las personas. Puede haber una situación carismática y no un líder carismático y viceversa, por ejemplo, la depresión de los años 30 produjo un líder carismático - Franklin Delano Roosevelt- quien afronto audazmente la crisis. Hay momentos de decadencia en los cuales la ausencia de un líder carismático termina por hundir un imperio - para Toynbee, la falta de respuesta al desafío produjo el colapso del imperio romano-.
Hay muchos líderes carismáticos que no pudieron actuar debido a la inexistencia de una situación de crisis carismática. No es fácil que se den, a la vez, ambas situaciones. El carisma, como es un término religioso, trasladado a la sociología tiende a ser atribuido a grandes estrategas militares, como Julio César y Napoleón, entre otros, y dictadores como Hitler y Mussolini, pero la verdad es que hay personajes carismáticos en una república democrática.
¿Reúne Barcak Obama las condiciones weberianas de un líder carismático? ¿Está Estados Unidos en una situación carismática? ¿Superará Barack Obama la jaula de hierro burocrática? ¿Cuántos días, meses o años durará el embrujo carismático de Barack Obama? ¿Sacará Obama al capitalismo de la depresión? Son preguntas a las cuales es necesario responder.
Hay elementos en la biografía del presidente Obama que, considerados superficialmente, podría llevarnos a afirmar que en realidad es un líder carismático, sin embargo, personalmente considero, que terminará prisionero de la jaula de hierro de los círculos de poder que hoy dominan la democracia americana - sea este Wall Street o el Capitolio- una vez más "el nosotros, el pueblo" será ahogado por los miles de lobbies que han podrido a la política y a la democracia.
¿Cuáles son estos elementos?
Obama es un mulato, educado en las mejores universidades norteamericanas, sin embargo, desarrolló gran parte de su vida en Indonesia, y su padre era keniano. Pero no hay que engañarse con esta aparente educación cosmopolita: al final del día Obama es bastante más norteamericano de lo que se piensa - así lo prueba sus múltiples discursos-.
Es cierto que fue un senador desconocido que logró, a punta de esfuerzo, ocupar el primer lugar en el Partido Demócrata. ¿Cuánto de esta carrera meteórica se debe a la crisis económica, o la repugnancia que la opinión pública tenía hacia las dinastías Bush y Clinton?
Es cierto que la juventud lo favoreció, pues hay un aburrimiento mundial del régimen de castas. Sólo los borregos chilenos no lo quieren entender, entonces, "que con su pan se lo coman".
Es indiscutible su capacidad oratoria - un tanto parecida a la de los pastores calvinistas - el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación y la empatía con la gente.
Un programa de gobierno con ideas vagas, pero atractivas: salud universal, energías renovables no convencionales, reducción de impuesto para los pobres y aumento para los ricos, defensa a los propietarios deudores insolventes, a quienes se les va a liquidar su casa, entre otras.
Quienes no conocen la historia norteamericana y su visión misionera y salvífica de la humanidad, les es difícil comprender los elementos carismáticos del discurso de Obama.
Es un lugar común que sin la crisis económica no hubiera ganado nunca el desconocido senador de Illinois: se puede decir que Obama le debe su presidencia a la perfecta inutilidad e ineptitud de personajes como George W. Bush, Paulsen y Bernanke, además de seres infrahumanos, como su ex ministro de Defensa y el petrolero vicepresidente. Pocas veces, en la historia de los Estados Unidos se había dado un conjunto de políticos tan inmorales, algunos de ellos genocidas. Nada que ver, si queremos hacer una comparación, con el niño maravilla Hoover, que fue completamente irresponsable para combatir la gran depresión que se avecinaba. El gobierno de Bush sólo puede ser comparado con el de Richard Nixon.
A partir del 15 de septiembre de 2008 comienza a incubarse un odio popular contra los especuladores de Wall Street que, a diferencia de 1932, no explotó en una rebelión y matanza de ciudadanos, precisamente porque estamos en una era posmoderna, donde se han anulados los metadiscursos, salvo el dogma neoliberal. En cierto grado, la elección "histórica" de noviembre, donde fue ungido Barcak Obama, permitió una salida a la soterrada indignación. Por lo demás, gracias a Roosevelt, existe una garantía bancaria que evita las corridas de los inversores y ahorrantes; para nada ha servido la tesis monetarista de bajar la tasas de interés a cero, pues el bajo precio del dinero no es ninguna solución cuando el crédito está paralizado.
El consumo paralizado y niveles de cesantía que crecen cada mes con la pérdida de 500.000 empleos - hasta el momento van 2.500.000, posiblemente llegarán a dos dígitos- conducirá, ciertamente, la economía a índices similares a los tiempos de la gran depresión. En 1934 hubo un 14% de desempleo, que se mantuvo, con pequeñas variantes, hasta 1939. Es cierto que no es equivalente al peor momento de la depresión de los años 30, pero vamos a cercarnos rápidamente, a pesar de la existencia de instrumentos económicos y financieros mucho más sofisticados, junto con economistas que se suponen especialistas en la depresión - como es el caso de Ben Bernanke-. La gente, por suerte, solidariza y no recuerda cuando el presidente de la FED declaró que no entendía para nada los derivados y otros paquetes altamente tóxicos, inventados por los matemáticos, genios de la especulación financiera.
Es cierto que Barack Obama cuenta con la mayoría en la Cámara de Representantes y una más estrecha en el Senado, además del apoyo del 68% de los ciudadanos norteamericanos. El sistema presidencial en Estados Unidos no tiene nada que ver con la monarquía autoritaria del Chile de la Constitución de 1980. Los padres fundadores de la república del norte siempre pensaron en equilibrios que evitaran los despotismos de la plebe, del congreso - como en Inglaterra- o del presidente, un difícil mecanismo que muy difícilmente se da sin que un poder paralice al otro; sin embargo, la duración de dos años del mandato en la Cámara de Representantes, exige a un presidente, con mayoría en ambas Cámaras, a actuar con extrema rapidez, pues las mayorías son efímeras.
Franklin D. Roosevelt fue el único presidente que gobernó durante cuatro períodos seguidos (133-1945), y pudo lograrlo gracias a su comunicación con el pueblo y, sobretodo, porque tuvo bajo el látigo de su personalidad autoritaria a la mayoría demócrata; incluso, se opuso al dictamen de la Corte Suprema, lo que en la mentalidad de los fundadores de Estados Unidos constituye una verdadera herejía. Los demócratas suelen ser bastante díscolos y a cualquier presidente le es muy difícil ordenarlos; en Estados Unidos no hay dictadores ridículos - como Camilo Escalona, por ejemplo- y nadie obedece la orden de Partido y el voto es transversal; no sé cómo logrará Barack Obama el milagro de poner de acuerdo a los parlamentarios respecto a un paquete de medidas, en que algunas de ellas implica opciones ideológicas entre el neoliberalismo o el capitalismo keynesiano.
Obama tendrá que enfrentar, además, un sistema financiero que está completamente quebrado. A esta altura sólo quedan cuatro posibilidades:
Dejarlas quebrar sin que el Estado intervenga, una locura digna de Hayek.
Crear un Banco Obama de instrumentos tóxicos.
Seguir comprando acciones privilegiadas para capitalizar los bancos, la estupidez de Paulsen.
Nacionalizar, derechamente, los bancos.
La tercera opción favorece a los accionistas, con la plata de los contribuyentes y, la cuarta, favorece a los contribuyentes perjudicando a los accionistas. Como el neoliberalismo es una estupidez incurable, el dogmático es un enfermo, absolutamente incapaz de recibir un tratamiento siquiátrica, no falta quien crea, como Bush, que esta es una medida provisoria y, cuando la crisis sea superada, los bancos volverán a los privados. Es que estas personas creen que las crisis son como los laxantes para el sistema capitalista: basta una buena evacuación de toxinas para que todo siga funcionando como antes. ¡Que Dios les conserve la inocencia!.
Sólo algunos de los sabios sostienen que la ley de cuando las cosas van peor, seguirán peor aún; la tontería de los pisos en las bolsas es completamente falsa y sólo sirve para cazar incautos - aquellos que se tragan entero eso de que "una crisis es una oportunidad". El único que ganó fue el padre de los Kennedy, que sacó todas sus acciones cuando descubrió que su lustrabotas hablaba de finanzas al estilo de un catedrático.
Volvamos al plan de Obama en lo económico: 850 mil millones de dólares - o trillones en lenguaje anglosajón- están destinados a rebajar impuestos a los más pobres, un plan de obras públicas, para fomentar el empleo, e informatizar el sistema de salud. Al día en que escribo este artículo, está clarísimo que el paquete va a quedar chico y que en la discusión parlamentaria será parcelada su entrega. Es obvio que el plan de obras públicas rendirá su efecto al menos un año después; de no duplicar el aporte, esta será una quimioterapia bastante débil.
De prolongarse la depresión en ese país, se multiplicarán los cesantes, los deudores hipotecarios serán millones y el sistema de salud seguirá siendo tan elitista como en la actualidad; a lo mejor, surgirán escritores e historiadores que se hagan cargo de relatar los momentos de miseria en que vivirán miles de personas. Como diría Maquiavelo, lo único que no soporta el hombre es que le roben su dinero. Nada más peligroso que un antiguo rico, o de clase acomodada, se encuentre sin un centavo en su bolsillo. Sólo Dios y el dinero vuelven locos a los hombres y los convierte en malhechores.
Conclusión:
No creo que Barack Obama reúna las cualidades de un líder carismático, según la obra de Weber. Es cierto que su ascensión al poder ha significado un enorme cambio respecto la era conservadora de Reagan a Bush. En su discurso de la toma del poder hay importantes elementos éticos que revaloran la política. ¡Qué duda cabe que atrae a las masas! Pero estas son volubles. Aún está incólume el poder de Wall Street y el Capitolio; los conflictos políticos no han terminado, ni siquiera han adquirido un carácter de decencia. No puedo dejar de valorar el fin de la tortura y el cierre de Guantánamo, a un año plazo, la importancia dada al aporte a la investigación científica, para qué decir con respecto a la utilización de las energías limpias, pero me parece difícil que el inteligente mandatario de Estados Unidos no sea absorbido por el poder de la jaula de hierro burocrática. Ojalá ocurra lo contrario para el bien de ese país y de la humanidad.
¿Quién no desea que Estados Unidos deje de ser imperialista, que se acabe el unilateralismo y predomine el multilateralismo? Auguramos que haya una sociedad en la cual convivan en igualdad de oportunidades negros, blancos, mestizos y latinos, hindúes, cristianos, musulmanes y judíos, que "el nosotros, el pueblo", frase que encabeza la Constitución de Estados Unidos, sea una realidad, pero aún estamos lejos de esta utopía concreta.
Estoy conciente de que falta una segunda parte de este artículo, que pienso dedicar al destino manifiesto de Norte América y, sobretodo, la influencia del milenarismo en la versión de dos viajeros: Alexis Tocqueville y Max Weber.
Bibliografía
Weber, Max, Sociología de las religiones, La Pléyade, Buenos Aires, 1978
La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ed. Península, Barcelona, 1969.
Word, Gordon, La revolución norteamericana, Mondadori, Barcelona, 2002
