Paul Walder
La prensa escrita está en crisis. Un trance acarreado con pena por décadas, que hoy parece terminal: los despidos masivos, quiebras y cierres de periódicos se levantan cual esquela fúnebre en la prensa que aún sobrevive. Y no hay piedad: la acumulación de deudas, las amenazas de los acreedores, la caída de las ventas y la publicidad no dan tregua.
Emblemas de la prensa escrita, medios que fueron señalados como bases fundamentales de las democracias y de la libertad de expresión, bajan las cortinas tras haber sido testigos diarios de la historia por décadas, por más de un siglo.
Ya antes del estallido inmobiliario la prensa escrita venía cuesta abajo. Venía apuntalada con prótesis tan artificiales como el mismo sector inmobiliario, como cualquier rubro del consumo masivo. Su gran ortopedia fue la publicidad, que desde hacía décadas había amortiguado la caída en la venta diaria. Levantados cual grandes soportes para la publicidad, la contracción del avisaje ha derivado, y de forma amplificada, en la reducción de sí mismos: de sus contenidos, sus páginas, de sus corresponsales, de sus periodistas. Convertidos en vehículos para los productos publicitarios, la falta de avisos significa, en muchos casos, la muerte.
Y está también el conflicto irresoluble. La tragedia tecnológica. La prensa escrita no ha conseguido convivir armónica o complementariamente con Internet. La creación de páginas Web para reproducir los contenidos del diario les ha hecho ganar lectores, pero perder ventas. Y la publicidad, que tanto luce en las páginas de papel couché y hasta en el papel de periódico, no lo hace tan bien en Internet. La inversión publicitaria en Internet es aún irrelevante si la comparamos con cualquier otro medio.
Internet no es sólo un soporte de reproducción de los contenidos escritos. Es una tecnología diferente de principio a fin, y para no pocos periódicos será a partir de ahora su único referente. Apurado por la crisis, el debate si la relevancia la tiene Internet o la prensa escrita ha comenzado a desvanecerse. Muchos tendrán que rehacerse, que replantearse a partir de lo digital. Solamente desde lo digital. Lo que es el fin para algunos ha de ser el inicio para otros. Sabemos lo que se acaba, porque aquellos diarios que desaparecen no volverán a revivir, pero no sabemos en qué cosa mutarán. ¿Qué es un diario en Internet? ¿Cómo lo leemos? ¿Podemos creerles? ¿Pueden ser influyentes? ¿Podemos temerles?
Una encuesta realizada hace unas semanas por The New York Times a los lectores de diarios exhibe la poca lealtad hacia la prensa escrita. El 61 por ciento de los consultados confía que, de seguir desapareciendo los medios tradicionales, hallará la información en Internet. Es cierto que la gente tiende en la red a buscar la información en los medios de mayor prestigio o fama, pero también es cierto que tiende a la dispersión. En un universo que tiene unos 150 millones de sitios, unos 70 millones de blogs, que crece a un ritmo de diez mil por hora, es imposible no ceder a las fuerzas centrífugas de la información.
Internet es un universo. Una noticia aparecida en un periódico puede ser desmentida casi al instante por las fuentes. Y también puede ser contrastada con otras versiones. Y ser sometida a evaluaciones, a interpretaciones, a reflexiones y opiniones. Todo casi al instante. Ante esta nueva manera de circular que ha adoptado la información, a través de redes (laberínticas e infinitas), cuál será, o dónde queda, la importancia del periódico.
Se debate sobre la desaparición de los periódicos. Especialistas lamentan la muerte de instituciones de interés público que tienen responsabilidad, dicen, en la salud social de las naciones. Pero todo ello es pura retórica. Sólo en teoría, el gran periódico ha sido observado como aquel ente que representa la realidad social, nacional y política. Obviamente como teoría, como una forma de representación condicionada, también supuestamente, a una responsabilidad social. Decimos que es un supuesto, porque los grandes medios han demostrado ser sectarios, manipuladores, mentirosos. Demos hoy un vistazo a los venezolanos, a los bolivianos. Y, por nuestras latitudes, han sido fascistas, pinochetistas, golpistas. El periódico, como aquella institución que ha de integrar a todas las fuerzas de la sociedad, como aglutinante de la democracia, perdió hace muchas décadas aquella impronta, acaso si alguna vez la tuvo. Porque nunca tuvo realidad. Ha sido mera representación.
El interés que podemos tener en un periódico es por esa capacidad representativa. El mundo según El Mercurio, o La Tercera, La Cuarta o La Segunda. Pero en otras épocas, también según Clarín, El Siglo, Puro Chile. Es una puesta en escena de lo que habita en el imaginario de un grupo social (hoy por cierto burgués y también reaccionario), algo que ha podido mantenerse moldeado en el papel pero que se fragmenta en mil astillas en la red. Porque aquí la información circula en medio de otras informaciones y se reproduce en cientos o millares de espejos. En este universo digital, en el que pueden participar decenas de millares de voces para un solo evento -que se le llama noticia- la palabra del gran diario aún podría ser respetada por su capacidad logística, pero no por su opinión. En este nuevo mundo creo que perderán influencia y capacidad de crear agenda. Para el caso nuestro, del duopolio, sería una bendición del Cielo.
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