Arturo Alejandro Muñoz

 

...y después, el general Silva Renard ordenó a sus tropas disparar a discreción sobre los obreros y sus familias...

el 30% de las víctimas eran mujeres y niños menores de 15 años de edad, según la investigación realizada por Mario Zolezzi, cuyo sucinto relato pueden leer a continuación gracias a lo publicado por Revista Área Minera en página www.aminera.cl.

 

Ríos de sangre que corrían calle abajo y más de tres mil muertos son parte de los mitos del 21 de diciembre de 1907. A casi cien años y en base al estudio de telegramas, diarios, documentos y discursos de la época, comienzan a aparecer aspectos desconocidos de uno de los capítulos más terribles de la historia de Chile.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y hasta diez. Las ametralladoras Maxim ubicadas en las esquinas de la Plaza Montt, frente a la Escuela Santa María, disparan ráfagas a los huelguistas que están a quince metros de distancia. Son las 15:45 del 21 de diciembre de 1907 en el centro de Iquique, y cada una de las balas atraviesa los cuerpos de hasta diez pampinos. Es el comienzo de uno de los sucesos más negros de la historia de Chile.

Oro blanco

El salitre era el motor de la economía chilena. En los distritos salitreros de Tarapacá y Antofagasta corrían tres líneas de ferrocarril y trabajaban cuarenta mil personas en 87 oficinas. ¿Pura bonanza? No. Desde hacía un buen tiempo que las relaciones entre salitreros y pampinos -patrones y obreros, respectivamente- no eran cordiales.

Los diarios de la época muestran que los primeros antecedentes de huelgas vinculadas al salitre datan desde antes de la Guerra del Pacífico. Sin embargo, fue a comienzos del siglo XX que los paros empezaron a hacerse habituales.

Entre 1900 y 1907, trabajadores portuarios, ferroviarios y pampinos de distintos cantones protestaron por salarios y condiciones laborales. Los accidentes abundaban a causa de explosiones de dinamita mal manejada o defectuosa, derrumbes de calicheras (las vetas donde se extraía el salitre) y las caídas de obreros a los hornos en que se fundía el mineral.

"No debe pasarle inadvertido que nos encontramos en frente de un malestar efectivo. Que se refleja de manera ostensible en las relaciones de los empresarios con los asalariados, y que ese malestar ha de proyectar consecuencias sociales y políticas peligrosas si no se aceptan medidas eficaces e inmediatas", decía el pitoniso informe de un comité enviado por La Moneda a la pampa en 1904, tres años antes de la matanza.

El 1 de mayo de 1907 se celebró por segunda vez el Día del Trabajo de Iquique y los pampinos reclamaron por sus sueldos -pedían el jornal de trabajo pagado a razón de 18 peniques, de ahí el nombre "Huelga de los 18 peniques"-, la falta de escuelas y hospitales, y por las pulperías, que funcionaban con fichas, eran caras, vendían malos productos y sus balanzas marcaban más precio que el real.

El telegrama del ministro del Interior

Fue el 4 de diciembre cuando los trabajadores de la empresa de ferrocarriles salitreros paralizaron sus faenas. Luego, el 9 de ese mismo mes, fueron los empleados del puerto.

Portando banderas, el día 15 los pampinos comenzaron a arribar a Iquique. La ciudad se paralizaba y el gobierno, a petición del consulado británico, enviaba tres cruceros de guerra al puerto.

Desde Santiago, Rafael Sotomayor, ministro del Interior, telegrafiaba al intendente interino Julio Guzmán: "Para adoptar medidas preventivas, proceda como en estado de sitio. Avise inmediatamente oficinas prohibición gente bajar a Iquique. Despache fuerza indispensable para impedir que lleguen, usando todos los medios para conseguirlo. Fuerza pública debe hacer respetar orden cueste lo que cueste. La Esmeralda va en camino y se alista más tropas".

La idea era detener la avalancha de pampinos, pero éstos siguieron llegando.

La paz pareció estar cerca. El intendente Guzmán acordó una tregua de ocho días, que comprometía a los trabajadores a volver a sus oficinas. Entonces, los obreros fueron a tomar los trenes de regreso, pero los convoyes eran de carga, provocando la ira de los pampinos, quienes volvieron al centro de Iquique.

Desde ese momento se quedaron en la Escuela Santa María.

Con ametralladoras recién bajadas del barco

El sábado 21 de diciembre, Iquique despertó repleto de carteles que anunciaban el estado de sitio.

Desde La Moneda, el Presidente Pedro Montt telegrafió: "Adopte toda medida para cesación inmediata de huelga".

El Ejecutivo ordenó el traslado de los pampinos hasta el hipódromo. El general de ejército Roberto Silva Renard sería el encargado de la misión.

El militar reunió a sus tropas y llevó consigo dos ametralladoras que habían sido recién bajadas de uno de los tres barcos de la marina anclados en la bahía.

Al llegar a la Plaza Montt se encontró con dos mil manifestantes alojados en un circo de gira por la ciudad. Otros cinco mil obreros permanecían dentro de la escuela.

Entonces, el general Silva Renard se acercó donde los dirigentes para explicarles que debían salir e instalarse en el hipódromo. Pero éstos no aceptaron, y a las 15:45 de la tarde las ametralladoras comenzaron a disparar.

Mientras, los fusiles apuntaban a la azotea, donde presumiblemente estaban los cabecillas del movimiento.

Casi no hubo resistencia.

La refriega duró sólo 30 segundos para algunos; otras fuentes aseguran que fueron tres minutos.

Lo mismo sucede con las víctimas, que van desde 150 a 3 mil, dependiendo de quien informe. Una cifra más ponderada parece ser la que avala el iquiqueño Mario Zolezzi, quien ha dedicado 50 años de su vida a investigar el tema, y asegura que las bajas fueron unas dos mil. El mismo Zolezzi descarta de plano la imagen de "ríos de sangre" que corrían por las calles.

"Los caminos eran de tierra", recuerda. "Es imposible que la sangre haya fluido".

Esa noche, los pampinos que sobrevivieron durmieron en el hipódromo y al otro día la mayoría de ellos partieron en tren hasta sus oficinas. Otros escaparon hasta el puerto del Callao.

(**) Las fotografías son verdaderas joyas históricas...