Rafael Luís Gumucio Rivas

Un padre sería muy degenerado si no apoyara a su hijo en todas las circunstancias de su vida, y es precisamente esta decisión la que ha tomado el senador Carlos Ominami. La Concertación se ha convertido en un tribunal de inquisición, donde el Torquemada es Camilo Escalona y, ahora, para mi sorpresa, lo está secundando el senador Frei, quien amenaza a Ominami con la pérdida del cupo senatorial por la Quinta Región Cordillera. Ominami le respondió, muy valientemente, al ex presidente del senado, Eduardo Frei: "No hay ningún emplazamiento, ninguna amenaza, ningún ultimátum que me vaya a hacer cambiar mi condición de padre...le tengo cariño y afecto al ex presidente Frei, pero yo ultimátum no acepto de nadie". Moralmente, Carlos Ominami creció y Eduardo Frei quedó como pequeño y mezquino.

Frei y los cuatro jefes de Partido son, además de soberbios, narcisistas; de tanto faltar al respeto a los electores, al final les den una histórica patada en el trasero. La verdad es que con tantas amenazas de expulsión, de quitar cupos parlamentarios, la Concertación se está desangrando paulatinamente y podría llegar a las manos Tánatos. El PDC expulsó a Adolfo Zaldívar, hoy candidato presidencial que, al menos, le quita un 3% a la candidatura de Eduardo Frei; el PPD echó de sus filas a Jorge Schaulsohn; al primero lo siguieron siete diputados y, al segundo, un senador y un diputado. Fernando Flores ahora apoya a Sebastián Piñera y le aporto dos votos - el de él y el de su señora-.

¿Cómo se puede incurrir en tantas estupideces políticas en un lapso tan corto? La Concertación, por los escándalos de corrupción y el Transantiago, perdió la mayoría en la cámara de diputados y en el senado, a raíz de la salida del Chile Primero y los seguidores de Zaldívar. Después, perdieron el tiempo en ridículos coqueteos con Ricardo Lagos y José Miguel Insulza; el ala llamada "progresista" de la Concertación quedó sin candidato a la presidencia de la república y ahora está obligada a apoyar un candidato que, en sus últimos años de mandato no dejó tontería por hacer: por una mala reacción respecto a la crisis asiática, propia de la soberbia, subió la tasa de interés a límites extremos, convirtiéndose en el Atila de las Pymes; apelando a la razón de Estado - cosa que solamente, creíamos, podía hacer Luís XIV-, salvó a Augusto Pinochet Jr. del peso de la ley por los llamados "pinocheques"; presionó a los diputados demócrata cristianos para que votaran en contra de la acusación constitucional contra Pinochet y, por último, trajo a Augusto Pinochet a Chile, librándolo del juicio internacional, que tenía bien merecido.

Es tan sectario el partido socialista, dirigido por Escalona, que sus directivas hicieron lo imposible para impedir la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, ninguneándolo y creyendo que era imposible que Enríquez-Ominami pudiera ganar a Frei; en esa época así hubiera ocurrido, pero hoy parece claro que Marco Enríquez-Ominami ganaría una primaria contra Frei.

Como dice el Divino Maestro, "tienen ojos para ver y no ven". Los cuatro presidentes de los partidos de la Concertación no ven ni entienden nada de actual política chilena. ¿Qué otro adjetivo se merecen además del de ineptos? Soberbios. Todavía creen que los sesenta Distritos electorales son su propiedad privada, en la cual pueden hacer y deshacer: vender, arrendar, usufructuar o permutar. De nuevo serán sorprendidos, pues por fin los borregos despertaron y se convirtieron en ciudadanos libres, con conciencia de su dignidad y a los que no se les puede comprar con dádivas ni promesas.

No sé qué decidirá el senador Caerlos Ominami, pero sí está claro para cualquier persona inteligente, con respeto por los afectos y emociones ajenos, que la primera regla de la inteligencia emocional consiste en ponerse en el lugar del otro y sólo los narcisistas carecen de esta capacidad, razón por la cual son tan desgraciados en la vida. Está claro que Carlos votará por su hijo, pues nunca se puede separar lo personal de lo político, hazaña que sólo puede hacer un tecnócrata, que desprecia el papel de los seres humanos en la política, reduciéndola a una técnica de poder.