René Dintrans   

La frustración de los pobres de Chile, que cada vez son más pobres y más débiles con relación a los ricos que cada vez son más ricos y más poderosos, ha transformado en borrosa la visión que el pueblo tiene de sí mismo. Tal es el campo visual del pueblo de Chile que debe ir en diciembre con la cadencia propia de un rebaño a emitir su voto bajo la ya acostumbrada fórmula binominal ( 2 listas, 2 candidatos por lista, para elegir 1 diputado para 2 cupos y 1 senador para 2 cupos) que provoca  la distorsión de la voluntad popular que finalmente termina favoreciendo a la clase alta instalada transversalmente en el control de los poderes del Estado.

Se ha escrito demasiado sobre el tema, y no se ha hecho nada relevante para cambiarlo. Queda claro que no es prioridad para las elites cambiar el sistema electoral, cerrojo que impide al pueblo ejercer la soberanía y vivir auténticamente la democracia.

Últimamente se ha abordado el tema con la frase "no a la exclusión", como si se tratase de reparar con "algo de justicia"  una situación anómala para todos evidente. Ciertamente que quienes facilitan ese camino pretenden además de obtener algunos dividendos electorales, rodearse con una aureola de generosidad y de altura de miras que llega sospechosamente con 20 años de retraso.

Aquí no hay un problema de "justicia versus injusticia", no es que el sistema binominal sea injusto, el asunto es que tal sistema electoral es ajeno a la democracia, independientemente de que sea injusto o no.

La exclusión es una de las varias consecuencias del sistema electoral  imperante, diseñado por la materia gris de Pinochet  materializada en los colaboradores civiles que disponía, devenidos con el tiempo en "Alianza por Chile", en la Derecha de siempre.

De manera que es un falso dilema: exclusión versus inclusión. El dilema es democracia versus control de las elites. Corresponde reflexionar sobre este  probadamente auténtico dilema si queremos alcanzar un poco de claridad.

Se trata de la representatividad de los cargos públicos elegidos por votación popular, ésta, en un sistema democrático genuino, debe corresponder fielmente a las preferencias proporcionales de los electores. No quisiera ahondar en el tema, el sistema binominal es para todos conocido, especialmente por sus impulsores; se trata de una quemante burla al pueblo que se acepta casi con naturalidad.

Para peor, los excluidos levantan proyectos rimbombantes tales como Asambleas Constituyentes, Constituciones singulares, con diversos tópicos ideológicos que incluyen además cuestiones morales llamadas valóricas. Todos estos impracticables por cierto, virtuales, puesto que no hay posibilidad alguna de que tengan existencia en la realidad. Es imposible convocarlas, realizarlas. Es ocioso discutirlas.

Con tales propuestas, sólo se consigue desviar la atención popular hacia unas ideas que parecen dignas, bien estructuradas. Ideas que simulan hacerse cargo del problema planteado ante la sociedad, y que desde el inicio de la transición aún no se han resuelto, alejando del entendimiento el problema principal.

El sistema electoral vigente debiera estar en tela de juicio permanentemente, su peculiar forma antidemocrática debiera denunciarse en todos los foros, en todas las elecciones, por todos los candidatos que tengan claridad y vocación democrática. Aquí está la llave que inexplicablemente se esconde al pueblo.

Aquí es donde deben centrarse las energías disponibles, el resto vendrá, si es que viene, como consecuencia de obtener lo primero. Lo demás es bruma, fuegos de artificio, justificaciones.

Todo cambio hacia un Chile mejor, más armónico, más desarrollado en su cultura y tolerancia, pasa por el cambio de sistema para elegir a sus representantes. El país es de todos, y todos debemos estar aquí representados.

Existe otro dilema planteado, que también emerge en medio de la confusión, y es el siguiente: "mercado versus Estado". Nada más falso que contraponer dos ideas de distinta índole, de distinta naturaleza. El mercado es un instrumento que se interviene introduciendo algunas regulaciones o se deja a su libre albedrío que es otra manera de intervención. El Estado en cambio es una institución que monopoliza la fuerza, es una condición, un mecanismo político que puede intervenir o no los instrumentos que dispone. El Estado tiene una dirección y un sentido.    

Es así como quienes consideran estar más a la Izquierda, y de acuerdo a los últimos fracasos del capitalismo que nos tenía a las puertas del paraíso del consumo, a un paso de gozar de la opulencia tal como lo hacen los ricos, consideran de buen tono exigir más Estado. Como si el todopoderoso Estado hubiera andado de paseo en las últimas décadas.

Decir que se necesita más Estado en el Chile actual es un contrasentido para el que es de Izquierda, puesto que el Estado está íntimamente comprometido con el poder de quienes se sirven de él, con los poderosos señores dueños del capital financiero entre otros.

El Estado oprime a los débiles limitando sus mecanismos de respuesta, en este caso, sus formas naturales de organización, sus sindicatos. Reprimiendo brutalmente sus manifestaciones de rebeldía y protesta. Reduciendo drásticamente su representación política con sistemas electorales abyectos.

El mantenimiento del vergonzoso sistema electoral que nos obliga, es consecuencia de la bestial usurpación de las instituciones del Estado, de su absoluta toma de control por las fuerzas armadas, que se pusieron al servicio de los poderosos que se sentían amenazados por los avances alcanzados por el pueblo que les disputaba peligrosamente el poder, poder que desde siempre han sentido como de su exclusivo usufructo. He ahí su natural gratitud con quienes se los restituyeron.

Destruyeron para conseguirlo la sede del Poder Ejecutivo de donde salió muerto el Presidente de la República, clausuraron el Congreso Nacional, sede del Poder Legislativo, y solamente mantuvieron el Poder Judicial controlando las decisiones de sus jueces bajo amenaza. Recuperaron el control de los tres clásicos poderes del Estado y logran su control hasta nuestros días, ahora con un rostro más civilizado, el de la elite culta e impecable que maneja sin contrapeso el Estado, el Estado burgués.

La usurpación de los fondos previsionales de los trabajadores, de los pensionados, sólo es posible por medio de la fuerza del Estado. La ley ha sido hecha en contra de los trabajadores, no se les permite defenderse, los han debilitado, los han humillado. La ley es el Estado.

Y esa ley es la que no permite modificar la forma de elegir a diputados y senadores, puesto que senadores y diputados elegidos mediante un sistema que distorsiona  los porcentajes de los votos obtenidos en las urnas serán diputados y senadores distorsionados en su conjunto, que jamás van a concurrir con los 2/3 que se necesita para modificarlo aunque durante 20 años el pueblo mayoritariamente a través de sus votos ha manifestado la voluntad de modificar el sistema en cuestión.

Aquí es donde está instalado el vicio de la ley, que hace inmodificable el sistema diseñado para mantenerla. La ley está por sobre la voluntad del pueblo siendo que la soberanía radica en el pueblo.