Rafael Luís Gumucio Rivas

Thomas Carlely, famoso historiador, publicó el libro Los Héroes, donde su tesis fundamental era que las grandes personalidades mueven la historia. Al contrario, Ferdinad Broudel, en su obra, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, en la época de Felipe II, explica la historia en base al largo período; las personalices históricas son, apenas, nombradas. En una secuencia de hechos y series de ciclos económicos, sociales y políticos, de larga data, donde los actores son grandes conglomerados, narra los procesos secuenciales de grandes ciclos largos.

A mi modo de ver, en la historia ambos aportes tienen su propio valor. Veamos en el Chile contemporáneo: el  historiador Mario Góngora titula un capítulo de su Ensayo Histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX como "el tiempo de los caudillos", 1920-1932; los caudillos fueron, principalmente, Arturo Alessandri Palma y Carlos Ibáñez del Campo; es un período que abarca, nada menos, que doce años que además, en el caso Ibáñez, se prolonga hasta 1958. Durante este tiempo ocurrieron hechos tan importantes cono "el ruido de sables", la promulgación de la Constitución de 1925, la República socialista y la restauración republicana, en el segundo gobierno de Arturo Alessandri. Desde 1924 la República Parlamentaria plutocrática se derrumbó.

El objeto de este trabajo consiste en analizar el papel de las candidaturas minoritarias que, a mi modo de ver, en algunos casos, aglutinaron un   electorado crítico al sistema político chileno. Por cierto que todas ellas son muy diferentes y sería muy tedioso y difícil emprender una taxonomía al respecto.

En la época republicana la mayoría de estas candidaturas fueron de tendencia comunista, troskista e, incluso, popular, por ejemplo, Elías Lafferte, líder del Partido Comunista, fue candidato dos veces en 1931 y en 1932; en la primera obtuvo 2434 votos y, en la segunda, 4128 sufragios; el troskista Manuel Hidalgo, en 1931 obtuvo 1263 votos, votos que representaban menos del 2% del electorado.

Sólo hay dos candidatos, que no me atrevo a calificar de marginales, que obtuvieron el segundo lugar en las elecciones de 1927 y 1932; en el 27, José Santos Salas, con 74.091 votos, casi la mitad del ganador, Emiliano Figueroa y, en 1932, Marmaduke Grove, con 60.856 votos, contra 187.914 del ganador, Arturo Alessandri Palma.

El caso de Ibáñez, en 1952, si bien para muchos fue una sorpresa, no constituye una candidatura marginal, a pesar de lo inorgánico de los partidos que lo apoyaron- socialistas, Populares y Agrario-laboristas- sin embargo, la escoba estaba destinada a barrer a los políticos.

En la transición a la democracia, desde 1990 hasta ahora, las candidaturas pequeñas o alternativas son completamente disímiles en el plano ideológico-programático; hay de todo: comunista, un sacerdote, ecologista,  humanista, ultraderechista, un aristocrático empresario - cuyo enemigo principal  era la UF- y un premio Nóbel alternativo y, por supuesto, Arturo Frei, hijo del hermano de don Eduardo.

Intenté hacer un ranking, de menor a mayor, de las votaciones de estos candidatos:

En 1989, Francisco Javier Errázuriz, con una votación del 15,4%, apenas un punto sobre Marco Enríquez-Ominami, en la encuesta del 5 de mayo del presente año, con un 14%.

José Piñera Echeñique, hermano de Sebastián, con un 6,1%, igualado prácticamente con el candidato padre Eugenio Pizarro, en las elecciones de 1993.

Tomás Hirsh, con un 5,4%, en el 2005.

Gladis Marín, con un 3.1%, en 1994.

Posteriormente efectué la suma todos los candidatos alternativos:

1989, el 15,4%

1993, el 11,3%

2005, el  5,4%

1999, el 4%

En base a estas cifras, decrecería la votación de los candidatos alternativos o pequeños al avanzar, en el tiempo, las elecciones  presidenciales, sin embargo, paradójicamente, todos los partidos han perdido votación en las elecciones pluripersonales, aun cuando en el caso de las parlamentarias el sistema binominal se constituye en un cinturón de castidad que imposibilita la representación de algunos partidos y coloca en tal dificultad a los independientes que hace casi imposible su representación.

Durante los últimos días, las encuestas muestran que Enríquez-Ominami logra un 14%, y el conjunto de candidatos alternativos llega casi al 20%, un quinto del universo electoral. Si agregamos la abstención y el voto nulo o blanco, es muy posible que lleguen a la cuarta parte del electorado, esto sin considerar los tres millones de no inscritos en los registros electorales, además de los que podrían sufragar en el exterior; sumados todos estos factores críticos al sistema político de castas, equivale a más de la mitad. Sin ser muy suspicaz, con todo respeto a la ley, es posible cuestionar  la legitimidad de un tan magro padrón y de tan bajo atractivo, se puede desconfiar del  atractivo popular de los dos candidatos del bipolio, apenas un 65% de apoyo, con el sustento de todos los partidos políticos    con representación parlamentaria.

Un fenómeno como el de Marco Enríquez-Ominami sólo puede ser parangonado con aquel de José Santos Salas, 1927, y Marmaduke Grove, en 1932. Hay que considerar que este 14% no tiene piso y podría continuar creciendo a límites que no podemos predecir. Si uno considera la psicología del elector, no sólo en Chile, sino también en gran parte del mundo, la noción de voto útil y ganador siempre aporta un porcentaje.

Es evidente que las encuestas no reflejan la votación final, en muchos casos, ni siquiera es una fotografía del instante, además de la metodología, que debe analizarse con rigor, sin embargo, todas ellas pretenden crear hechos políticos y, aun cuando muchos digan, hipócritamente, que no les influye, los políticos las consideran como si fuera la Biblia. Nadie tienen el valor del escritor inglés de denunciar las estadísticas como mentiras, pues el mundo contemporáneo funciona en base a ellas. ¿Qué haríamos sin indicadores económicos para guiarnos, o sondeos para conocer la opinión pública? Si las negamos del todo caeríamos en un nihilismo estadístico, por consiguiente, aceptemos como un hecho que el candidato Enríquez-Ominami tiene un potencial electoral que no es invención de los medios de comunicación, salvo que le atribuyamos al cuarto poder el dominio total de la sociedad y la política, lo que sería un exceso indiscutible, que nos llevaría a nombrar a periodistas investigadores en todos los cargos del Estado.

Sociólogos, columnistas, politólogos y dirigentes de partido, entre otros, se han dedicado, en estos días, a buscar múltiples hipótesis explicativas a aquello que llaman el fenómeno Marco Enríquez-Ominami. Las hay para todos los gustos y desde distintas perspectivas. Parece haber un consenso en el sentido del agotamiento, casi catatónico, del bipolio político: ambos candidatos, Frei y Piñera, con una larga trayectoria política no logran atraer, ni siquiera, la suma de la votación de los partidos que los apoyan, mucho menos al electorado independiente y muy poco al chileno de a pie. En parte, el apoyo a Enríquez-Ominami se encuentra en el mayoritario sector que cerró la puerta al Chile de castas, de partidos estalinistas, que se reparten los cargos parlamentarios y. lo peor, en forma vitalicia, y que tratan a sus electores como los indígenas en la Encomienda.  Otra parte  es el electorado joven, trabajadores y personas de tercera edad que, lejos de despreciar la política honesta les repugna politiquería mezquina y aburrida apuestan, a lo mejor a una política con mayúscula, donde los ciudadanos sean los reales actores y no carneros, conducidos a votar por candidatos designados.

Marco Enríquez-Ominami no es un caudillo, ni mesiánico y no tiene el menor interés y relación con Arturo Alessandri, mucho menos con Carlos Ibáñez; jamás, como el primero se montaría en el caballo por la izquierda y se bajaría por la derecha, ni se proclamaría "con promesas ni gobernaría con explicaciones", sino que cumpliría todos los puntos de su programa, contenidos en el "decálogo" que, si lo leemos con atención, es un proyecto acabado de país, que contiene desde el régimen político, hasta unas relaciones exteriores fundamentalmente latinoamericanistas.

Enríquez-Ominami tiene un ADN político familiar que recorre todos los mejores momentos de nuestra historia republicana: sus dos bisabuelos, Rafael Luís Gumucio Vergara y Manuel Rivas Vicuña, uno liberal y otro conservador, abarcaron, como primeros actores, gran parte de la historia republicana; el primero lo llamaban "Portalito", fue varias veces y ministro y diplomático y líder del liberalismo chileno; era un díscolo, un rebelde con causa, formó, nada menos, que el grupo llamado los "electrolíticos" obligando a constituir el tribunal de honor, que permitió la asunción a de Arturo Alessandri, con "El cielito lindo". Es considerado de los mejores historiadores del período parlamentario. Rafael Luís Gumucio Vergara fue presidente de la cámara de diputados, el enemigo más temido de Alessandri e Ibáñez; director del "Diario Ilustrado" y un periodista y político cáustico y mordaz pero con un sentido cristiano que lo llevó a ofrecer su casa a quien lo desterró, Carlos Ibáñez del Campo, cuando era perseguido. Sus abuelo paterno, don Edgardo Enríquez, fue un destacado ministro de Salvador Allende; su abuelo materno, Rafael Agustín Gumucio, un díscolo indiscutible y un político de honestidad indiscutible, fundador de la Falange Nacional, de la Democracia Cristiana, del Mapu, de la Izquierda Cristiana, y que pasó. Desde la juventud conservadora a ser un independiente cristiano por la liberación. Murió con su corazón en la izquierda. Su padre, Miguel Enríquez, además de su inteligencia y valor intelectual, murió asesinado luchando contra la dictadura. Su tío, Edgardo, es un detenido-desaparecido, a raíz de la "Operación Cóndor". Su padre adoptivo, Carlos Ominami, vicepresidente del Partido Socialista, senador, además, ha sido ministro de Economía. Con ese ADN es difícil no ser líder político. Don Jaime Castillo Velasco y don Rafael Agustín Gumucio Vives eran aficionados a la hípica, pero no eran propietarios de caballos y bastante pobres para jugar algún centavo a un pingo predilecto; en hípica siempre se analiza el historial de los caballos para ver si se puede ganar una carrera. Si traspasamos esta afición - en sentido figurado- a Marco Enríquez-Ominami podríamos decir que en el ensayo presidencial tiene serias posibilidades de atraer a muchos apostadores.

Es una tontera decir que Marco es un farandulero, como él mismo dice, se levanta a las 6  AM y se acuesta a las 12 de la noche, al revés, los faranduleros los hacen a las 12 M y no tienen para dormir durante la noche; por cierto que no son todos los que tienen estos hábitos. Marco, que lo conozco de toda la vida, es un "trabajólico" impenitente: se tomó tan en serio el cargo de diputado que, como decía un gran historiador, "se compra como medalla por la plutocracia para trabajar lo menos posible". Se le ocurrió nada menos que proponer 150 proyectos de ley, sobre las más diversas materias, además, presidió la comisión de cambio de régimen político, a mi humilde entender, la tarea más importante que hay que realizar después de las elecciones presidenciales de diciembre próximo. Como filósofo y legislador, sus ideas sobre el tema son claras, coherentes y contundentes: es partidario del semi presidencialismo, con muchos elementos de democracia abierta.

Una parte de la política es la capacidad de comunicar significados, que se encarnen en los electores. Marco, según mi opinión, es una metralleta de ideas y creatividad, expresadas brillantemente y que llegan, fácilmente, a quien lo escucha. Cada frase de Marco golpea justo en el blanco y tiene un contenido estético que la hace atractiva. Ha intentado dar una lucha dentro del Partido Socialista y dentro de la misma Concertación para entregarle a la política el carácter de actividad noble y transparente que, por desgracia, ha perdido estas cualidades a los ojos de los ciudadanos. Este es el camino que nos propone Marco Enríquez-Ominami, que es tarea de todos y no de un caudillo o un Mesías.