¿QUIÉN ES EL RESPONSABLE DE LA DELINCUENCIA JUVENIL?

 Chile está en una encrucijada frente al  problema de la seguridad ciudadana: mano dura, que significa "más de lo mismo" (y que ha fracasado en muchos países), o una respuesta integral solidaria y audaz. .

Arturo Alejandro Muñoz

¿HASTA QUÉ PUNTO o nivel se puede culpar a la sociedad por los comportamientos criminales de algunas personas, especialmente jóvenes y  púberes? ¿Solamente la legislación -vilipendiada como débil o ‘mano blanda'- es responsable del aumento de ilícitos en  nuestro país? ¿El meollo del lío está radicado en el sistema económico neoliberal, individualista y proclive al hiper consumo? ¿En la desintegración de las familias?

Ante esas interrogantes muchas personas sienten la tentación de responder afirmativamente a todas o a algunas de ellas, cargándole culpas y velas a  la sociedad en su conjunto y, muy particularmente, al voluminoso catastro de nuestras leyes que no se caracterizan por ser draconianas ni extremistas. En el mismo saco de la crítica quedan arrumbados los policías, jueces, parlamentarios y el propio gobierno, aunque también el  negativo juicio ciudadano se deja caer implacable sobre la prensa (en especial la televisión) y el sistema educacional público.

¿Es que todas las instituciones recién mencionadas están servidas por individuos de dudoso curriculum, por personas carentes de una buena formación profesional y humana?  Por cierto que no; quizás se trata exactamente de lo contrario y quienes laboran en esas instituciones sean gentes muy idóneas, profesionales a fondo y seres humanos de gran valía. Entonces, ¿por qué las fallas en el sistema, por qué las estadísticas no acompañan las cualidades anotadas?

No se trata de interrogantes lanzadas al azar, ya que la inseguridad ciudadana es uno de los principales problemas que se vive a diario en varias ciudades del país; por eso, la gente y los medios exigen soluciones. No obstante, en la mayoría de las publicaciones de prensa el sector social que resulta acusado de cometer tropelías, asaltos y asesinatos es el mismo: la clase baja o popular.

Poco se protesta contra las otras clases, en especial la acomodada, aquella que posee las riendas del país. Este sector social es el responsable de crímenes mayores, pues tales delitos e ilícitos llevan a la pobreza, al hambre y a la desesperanza a millones de personas, y sin embargo la prensa nada critica ni ataca mediáticamente a los detentadores del poder.

En este caso, ¿la sociedad tampoco es culpable? ¿O sí lo es? ¿El bendito ‘sistema' es quien tiene la culpa de tanto atentado contra el bien común y el bienestar social?

 El hombre es naturalmente bueno, es la sociedad quien lo corrompe (Jean Jacques Rousseau). Sí, ya lo sé...Rousseau escribió y publicó sus trabajos hace doscientos cuarenta años, pero, ¿es mejor la sociedad actual a aquella en la que vivió el gran pensador francés? ¿Los problemas de desigualdades y explotación humana entre esa época y la actual son, en rigor, diametralmente diferentes? Según pensadores modernos, sólo la tecnología nos distingue del habitante del pasado, ya que en cuanto a ambiciones y virtudes es posible encontrar semejanzas concretas.

Sin embargo, las leyes también nos diferencian de los siglos anteriores, aunque respecto del tema que convoca a este artículo (la delincuencia juvenil), ¿hay algo nuevo en el horizonte? Claro que lo hay... e imposible de soslayar. Hoy la edad en que el ‘joven' comienza a delinquir corresponde a la de un infante que apenas sabe soplarse las narices, y la legislación vigente respecto de la infancia/juventud  es proclive al perdón de sus pecados.

Y aquí debemos hacer, necesariamente un alto en el discurso, puesto que resulta inevitable diferenciar los tipos, clases y niveles de delincuencia. Cierto es que existe el crimen organizado, el narcotráfico, el secuestro, los asesinatos por encargo, y otras expresiones delictivas tanto o más graves que las señaladas.   

Pero un asunto o problema muy diferente es la delincuencia juvenil. Los delitos de menores siempre comienzan con pequeños robos, y ante el éxito obtenido -amén de la débil sanción correctiva judicial y el fracaso de las políticas ad hoc - el muchacho va escalando en la escena criminal en la misma medida que su imagen crece ante sus pares, a la vez que su propia familia (o el grupo primario que la reemplaza) recepciona los productos agenciados en atracos, asaltos y lanzazos, con una sonrisa de agradecimiento y argumentaciones febles en orden a justificar los delitos del niño.

El fenómeno de la delincuencia juvenil no es solamente chileno, pues uno de cada cuatro jóvenes latinoamericanos está fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo. No hay ninguna duda respecto de que la pobreza causó la deserción escolar y desmembró sus familias.

El acorralamiento social los hace vulnerables al delito, y en Chile -al igual que en toda Latinoamérica- se ha difundido la idea de que los gobiernos deben aplicar una "mano durísima"  para aplacar este verdadero descalabro social. Esa visión significa un tratamiento básicamente policial de todo el problema, enfatizando en medidas como dar más facultades a la policía, bajar la edad de encarcelamiento, acelerar los juicios, implantar penas más severas, etc.

Sin embargo, en países donde se ha aplicado esa mano dura, casi militar, los resultados han sido pobres y han fracasado en la contención y/o rebaja del número de delitos y delincuentes. Ejemplo de lo dicho es posible encontrar en  naciones como Guatemala, Honduras y El Salvador.

Seguramente habrá lectores que discrepen del ejemplo por considerar que esos países no cuentan con la suficiente capacidad tecnológica ni económica apara llevar a cabo políticas exitosas de ‘mano dura' o ‘tolerancia cero', contra la delincuencia.  Pero el caso de Estados Unidos es paradigmático, ya que el prestigioso diario "The New York Times", en un claro editorial escribió: "la política pública debería desestimular a los jóvenes de formar parte de gangs, reteniéndolos en la escuela, consiguiéndoles trabajos y dándoles programas de servicios sociales y de consejería, pues la mano dura solamente agrava el problema.

El Congreso estadounidense aprobó la "Ley de la Segunda Oportunidad", que obliga al Estado a apoyar y a tratar de insertar a quienes salen de las prisiones. Los países exitosos en seguridad ciudadana no han sido los de tolerancia cero, sino los de exclusión cero. El caso de Nueva York con el alcalde Giuliani -primero en aplicar la política de tolerancia cero- fue considerado por todos los analista del planeta como una golondrina que no hace verano, ya que la política mencionada ha sido un total fiasco en todos los lugares donde se aplicó luego de la experiencia neoyorkina...y la ciudad de los rascacielos -o la Gran Manzana- volvió prontamente a exhibir los mismas viejas estadísticas criminales de siempre.  

Las menores tasas de delincuencia las tienen países como Noruega, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Y estas naciones, sin embargo, tienen el menor número de policías por habitante. Su éxito está en que han logrado abrir plenas oportunidades de inclusión a los jóvenes, los cuales tienen garantizados salud, educación, posibilidades de trabajo y, además, una fuerte protección a la familia.

Definitivamente, la delincuencia juvenil requiere políticas activas de trabajo para jóvenes desfavorecidos, más educación, más protección de sus familias y  capacitación ocupacional con una salida efectiva hacia el mundo laboral.

Es cierto que hoy existe un alto nivel de delincuencia juvenil y que es asunto preocupante, pero también es cierto que las clases sociales que están por sobre aquella de la cual proceden estos chicos, desde siempre (el fenómeno es tan antiguo como el mismo ser humano) ha  mirado a los niños y jóvenes de condición pobre como sujetos útiles sólo para trabajos menores y mal remunerados.

El escritor irlandés, George Bernard Shaw, lanzó una frase que, pese a haberla dirigido al pueblo norteamericano, es perfectamente aplicable al tema que comentamos. Dijo Shaw: "el norteamericano blanco relega al negro a la condición de limpiabotas y deduce de ello que el negro sólo sirve para limpiar botas". Y yo agrego otra frase (perteneciente al  escritor francés Jean de la Bruyere): "si la pobreza es la madre de los crímenes, la falta de espíritu es su padre".

Hay que renovar el debate nacional sobre el tema. Es necesario pasar a políticas más integrales. Junto con  fortalecer a nuestras policías para enfrentar el crimen organizado, sanearlas y profesionalizarlas al máximo tecnológicamente,  es imprescindible plantear algunas alternativas audaces a la juventud excluida.

Es urgente y necesario activar una atención integral a estos asuntos, incorporando de lleno a las familias de los jóvenes/niños delincuentes (o claramente proclives a serlo) a programas específicos de servicio social, salud y capacitación laboral, incluyendo -si el caso lo amerita- atención siquiátrica.  Es el entorno social, el medio en el cual se desenvuelve un ser humano, el escenario concreto donde crecerá la bonhomía o la cizaña del odio y la ira. Es, por cierto, en ese escenario donde primero debemos trabajar para que sus ocupantes obtengan elementos que les permitan arribar a  situaciones globales de mayor valía y dignidad.

En Brasil, el presidente Lula ha lanzado hace pocos meses un programa en gran escala en esa dirección: "Tierra de Paz". Con él se propone enfrentar la grave situación de criminalidad en las favelas de Río de Janeiro, destinando una inversión superior a los US$ 580 millones de dólares, dedicada a inundar esas favelas con servicios de salud, escuelas, oportunidades de capacitación, de deportes y desarrollo cultural....y junto a lo anterior, el gobierno brasileño también ofrece lo que finalmente importa a toda persona (más aún  a aquella que ha sabido salir airoso de la lucha contra el delito y el destino):   contar con una posibilidad real de trabajo remunerado digno y protegido por la legislación.

Finalmente, las preguntas que dieron inicio a este artículo siguen planteadas. Es posible que haya más certeza en las respuestas y mayor éxito en las políticas pertinentes. De todos depende, no sólo de jueces y policías.