Claudio Filippi Peredo
Ya están inscritas las listas electorales, las que muestran pocas sorpresas y siguen más bien la lógica de un sistema alejado del pueblo elector, el que sólo concurrirá a sancionar los acuerdos que se lograron alejados de él, entre la inteligencia que se esconde en cuatro paredes.
En las próximas semanas la lucha electoral seguirá su derrotero definitivo y las escaramuzas subirán de tono en la medida que los ánimos se exalten y el poder se les escape a algunos y salga al encuentro de otros.
En lo presidencial, el camino está bastante claro en lo esencial, pues de la multitud de candidatos iniciales, ya hay dos que están fuera de la pelea como tales; Adolfo Zaldívar y Pamela Jiles. Los otros se pueden dividir entre aquellos que no parecen tener ninguna posibilidad de dar pelea, y los que si tienen posibilidades de pasar a la segunda vuelta, al menos, si de encuestas hablamos. Por eso, pocos dudan de que Navarro, y Arrate, pese a sus méritos, sólo parecen candidaturas testimoniales y sin un peso electoral manifiesto en la primera vuelta.
Sigue estando la pelea entre los tres grandes Sebastián Piñera, de la Derecha, Eduardo Frei de la Concertación, y el Independiente Marcos Enríquez-Ominami. Cada uno de ellos concurre con aciertos y profundas contradicciones a la búsqueda del indeciso voto popular.
Sebastían Piñera, que aparece arriba en las encuestas, tras una candidatura de más de un año, vive un proceso de estancamiento que es defendido mediáticamente por sus colaboradores y adherentes como una "pole position". Sin embargo, en el fondo reconocen, más allá del triunfalismo, que la lucha está lejos de estar definida y estas semanas son esenciales, sobre todo en definir ese voto indeciso, que es el que realmente dará la victoria a un sector político determinado.
Piñera se presenta propagandísticamente como un buen hacedor de cosas, y que representa un cambio en el estilo de hacer el gobierno, imagen que no se traslada a lo profundo de su discurso mediático, pues cuando se tocan los temas económicos o laborales, y no obstante esquivar esa definición profunda, se muestra incapaz de renunciar a su base ideológica de derecha y muestra argumentos y equipos económicos marcadamente proclives al empresariado. El cambio ofrecido por Piñera, se agota pues en la forma de administrar y no en verdaderas novedades con respecto al sistema político o económico.
Eduardo Frei, por otro lado, añora la época en que corría sin competidores claros y la Concertación vivía su adolescencia, aún capaz de mostrar ideales y una blancura de imagen que le hacía cercana a la gente, y por lo mismo, como un monstruo electoral incapaz de ser derrotado por la Derecha. Sin embargo, el tiempo ha pasado y el contraste que presenta su candidatura, con el surgimiento del movimiento díscolo de Marcos Enríquez-Ominami, lo limitó peligrosamente, fenómeno que impidió el impacto mediático de la resolución de las primarias, las que se esperaba afianzaran la imagen de Freí, él que de no estar Marcos Enríquez Ominami sería el verdadero líder en las encuestas.
Eso lo sabía la Derecha y por eso se apresuró abrir la ventana mediática, favoreciendo la tesis de que el crecimiento de Marcos Enríquez Ominami, se hace a expensas de la base electoral concertacionista y no del segmento electoral que abordaba Piñera. Esa tesis es parcialmente cierta, pero el estancamiento del Candidato de la Alianza en el 37 % demuestra que el Candidato Independiente, también lo daña y lo limita en su crecimiento en primera vuelta, fenómeno menos claro en la segunda vuelta, si se ve desde las encuestas, por supuesto.
Frei o mejor dicho la Concertación, está sustentado en una campaña que apela al miedo de que salga la Derecha y en el mito de la gobernabilidad del país, enarbolando los programas sociales de la Concertación y la imagen cercana de Michelle Bachelet como sus principales argumentos, pero le pesa la imagen misma de la Concertación, sus escándalos y su funcionamiento como club de poder, fenómenos todos profundamente rechazados por los chilenos.
Marcos Enríquez-Ominami, por su parte, ha crecido de menos a más, en una Candidatura que él, en lo profundo, no esperaba que impactara lo que impacta, reconociéndose ahora como un verdadero candidato y no como un "Candidato Instrumental", como alguna vez se definió.
Se muestra como un candidato joven, con un apoyo popular francamente en ascenso, que quiebra el envejecido esquema de los políticos de los noventa, post-dictadura, acompañado por una familia atractiva y mediática. Lo sigue un grupo heterogéneo de adherentes, que tienen en común el descontento con el sistema actual de ejercicio del poder. Para ese sector, Enríquez Ominami, es la única alternativa real de cambio, pues Frei y Piñera, representarían el continuismo de un modelo heredado de la Dictadura y administrado, sin parangón, por la Concertación.
En lo programático, Marco Enríquez-Ominami recibe un aporte proveniente de diferentes sectores, lo que lo hace teñirse de un cierto discurso neoliberal inicial, moderado, por la participación entre sus adherentes de sectores de izquierda, lo que ha relativizado ese tono, frenando hábilmente temas como la privatización de Codelco, las que han sido puestas en tela de juicio y discusión pública, maniobra hábil del Candidato, quien ha preferido el debate democrático a la imposición de ideas.
En lo discursivo, Enríquez-Ominami, adolece, hasta el momento, el mostrarse apresurado en mostrar un contenido programático amplio pero algo vago, sin profundizar ni sintonizar en temas que la gente espera escuchar. Los desliza, los deja entrever, pero no los profundiza. Eso deja un gusto demasiado pobre en el electorado, quien espera definiciones de fondo en temas claves.
Sin duda, el principal bastión programático de Marco Enríquez-Ominami es la propuesta de una nueva Constitución, de carácter semi-presidencial, la que abordaría inclusivamente la diversidad política chilena, superando la inestabilidad manifiesta de un sistema como el actual, homologándolo a los sistemas europeos.
Como es obvio, todo indica que de entre los tres candidatos, surge el futuro Presidente de Chile, y ellos hoy día enfrentan una serie de preguntas sin responder y que son el común y principal descontento de los chilenos. Las que me parecen centrales, en el sentir de la gente son:
¿Seguiremos cínicamente diciendo que la familia es la base de la sociedad chilena y que la administración está al servicio de la persona humana cuando por otro lado los chilenos y chilenas trabajan una jornada que les impide vivir como personas y estar con sus propias familias?
¿Seguirán las personas jubilando con pensiones míseras y a edades en las que cualquier trabajo se torna penosamente extenuante y fatigoso?
¿Habrá educación pública gratuita y de calidad?
¿Habrá salud pública digna?
¿Se acabará el apitutamiento en los cargos públicos?
¿Alguna vez, en suma, se hará justicia a nuestra gran clase media?
De la sensibilidad y habilidad para entender ese sentir se definirá éste escenario marcado por un gran porcentaje de indecisos, los que esperan la definición de los candidatos, para sumar su voto.
Las semanas que vienen lo dirán.
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