Rafael Luís Gumucio Rivas
Durante estos últimos días me dedicado a leer obras de distinta índole. No niego mi calidad de diletante: como los pájaros, me gusta pasar de un árbol al otro, soy incapaz de centrarme en un solo tema; no podría nunca escribir una monografía, pues me atraen las locas visiones y las más absurdas comparaciones y asociaciones; tengo más la virtud del zorro que del erizo, aun cuando esto podría ser un poco pretencioso para aplicar a mi humilde persona. Comencé leyendo a uno de mis autores predilectos, Sebastián Haffner, en las obras Winston Churchill, una biografía, y Anotaciones sobre Hitler; este autor tiene el mérito de no temer a las comparaciones audaces: es el caso, por ejemplo, de la íntima relación entre la decadencia y el apogeo de Winston Churchill y Adolf Hitler, el uno no puede explicarse sin el otro; sin el triunfo de Hitler, en 1940, el Primer Ministro británico hubiera sido un díscolo intrascendente históricamente hablando; otro ejemplo de su forma heterodoxa de tratar la historia contemporánea consiste en relacionar la biografía de Hitler con las diversas etapas del III Reich: Hitler no creó una nueva Constitución diferente a la de la República de Weimar, ni siquiera un nuevo Estado; la única característica asimilable a su período fue la identificación del Estado con el Fürer. Al final de la guerra, Hitler castiga al pueblo alemán por haber sido incapaz de triunfar en la "guerra de razas".
Las vías paralelas de Hitler y Churchill son diametralmente opuestas: el primero, un miserable cabo alemán que, incluso, en un período de su vida se alimentó de la caridad pública, en uno de los tantos albergues para miserables - lo que lo hizo un resentido permanente - su tarea consistió en conectar el nacionalismo, con tintes de pueblo, con el socialismo; a la lucha de clases del marxismo la reemplaza por la lucha de pueblos y razas. Churchill es un auténtico díscolo aristócrata: odió a Hitler y así a Alemania, tanto como a Stalin y la Unión Soviética: Churchil fue una víctima de la educación victoriana, caracterizándose por es un rebelde y pésimo alumno: nada apredió de la aristocrática y formal escuela inglesa - lo único que terminó dominando fue la estrategia militar y, posteriormente, la historia. En resumen, el primero es un amargado y astuto orador, que supo aprovechar muy bien la ya moribunda república Weimar; sus primeros éxitos no se deben propiamente a su habilidad, mucho menos a su partido, sino a la imbecilidad e incapacidad de comunistas y socialdemócratas, y una vez estos derrotados, de los conservadores que creyeron dominar a Hitler, cuando lo que ocurrió fue completamente lo contrario.
Es discutible que Hitler haya sido un díscolo, mas bien tuvo la astucia de aprovechar una república de Weimar completamente corrompida, para usar el poder sin ninguna limitante ética y de legitimidad - tal cual lo conciben los mejores autores que han escrito sobre esta "ramera", el poder-. Se puede seguir una línea teórica desde el sofista Calicles o Trasímaco, hasta Maquiavelo, sumando los miles de sucesores e imitadores. En términos desnudos, el poder es sólo fuerza brutal y coersión, aun cuando se le quiera agregar el "agua bendita" del bien común maritainiano o la legitimidad del uso de la fuera weberiana.
Churchill corresponde verdaderamente a la característica de un díscolo: en el parlamentarismo inglés es casi imposible no respetar la disciplina de partido y cualquiera que deje su tienda original corre el riesgo de perder su sillón parlamentario; sólo Churchill se atrevió a desafiar a los conservadores y pasarse a los liberales, transformándose en un diputado rupturista y rebelde, un radical obrero y populista, a pesar de su origen aristocrático. En mayo de 1940 Churchill vuelve al Partido Conservador, tuvo el valor de oponerse a la opinión pública, mayoritariamente partidaria de hace la paz con Hitler, en ese momento prácticamente dueño de toda Europa. Como en los medicamentos, el éxito para atacar una enfermedad tiene efectos secundarios en otra. El triunfo del díscolo Churchill, que salvó a Europa de caer en manos del nazismo, conllevó la guerra fría por el reparto del mundo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y el derrumbe definitivo del imperio británico, a pocos años de que la Libra Esterlina pasara de ser la moneda de cambio a una divisa de país subdesarrollado.
De estos ejemplos europeos se podría colegir que el díscolo tiene una forma especial de relacionarse con la "prostituta" poder: al comienzo, parece despreciarla, no demuestra ningún entusiasmo en dominarla y, posteriormente, en cenit de la carrera, pareciera que la hubiera llevado a la cama, sin embargo, rápidamente la susodicha prostituta termina por expulsarlo del gineceo. Así ocurrió, claramente, con Churchill: después de triunfar, en 1940, perdió las elecciones y el cargo de Primer Ministro, quedando condenado a escribir la historia que, por lo demás, es de alta calidad.
Por cierto que los díscolos chilenos están en pañales respecto a algunos líderes mundiales. Leí primero un libro de Felipe Lamarca, Las prisas pasan, las cagadas quedan, que según mis lecturas de Diarios y otros documentos, podría clasificarse como un díscolo del mercado; fue director de Impuestos Internos, gerente de la COPEC y, al parecer, se ha movido en el mundo empresarial; para los lectores extranjeros - si es que los hay - deben ser impresionante ver que esta "Fenicia" de América Latina tiene como único arquetipo humano a los empresarios; a los candidatos a cargos populares les importa un pepino exponer sus programas ante el populacho, lo único importante es ser aprobado por el CEP, el Icare y otras asociaciones de empresarios. Esta es una de las razones por las cuales Lamarca es interesante de leer.
La verdad es que a la lectura de su libro, lo encontré un díscolo bastante liviano; por cierto que denuncia la repugnante, insoportable e inmoral desigualdad chilena - ¿quién no lo hace hoy día, si hasta Piñera se ha convertido en socialista? Sólo le faltaría decir, como Proudhon, que la propiedad es un robo. Quizás lo novedoso en Lamarca es la pintura de esos seres miserables y avaros en que se han convertido los empresarios chilenos, que jamás, al igual que los políticos, jamás soltarán la teta, salvo que un día los carneros despierten. Esto de regionalizar el país es más un slogan que una realidad, pues todos hablan sobre este tema, pero nadie hace nada; sólo el programa de Marco Enríquez Ominami se atreve a proponer, entre otras reformas, elegir directamente a los intendentes.
Lamarca quiere domesticar el mercado y plantear una sana competencia; en el fondo, estas ideas parecen sólo buenas intenciones, pues el mercado chileno está compuesto por monopolios, bipolios o y oligopolios. Los dueños del mercado son familias que se pueden contar con los dedos de los pies y están todas coludidas, no sólo para fijar precios, sino también por relaciones familiares y plutocráticas. Si usáramos términos de los países bolivarianos, debiéramos cambiarle el nombre al mercado por "la rosca": su práctica no difiere mucho de las sectas y, por qué no decirle, de "los carteles"; por lo demás, todos los presidentes les "rinden cuentas anuales" en la Casa de Piedra.
No hay pelafustán que no hable con voz engolada, que la base de toda la desigualdad de oportunidades está en la educación; eso es tan idiota como descubrir que "el agua moja": es tan evidente que un alumno en cuya educación gasta apenas $39.000 va a tener un destino en la vida muy distinto de aquel en que el "papito", que paga más de $300.000 mensuales, para que unos curitas o colegios extranjeros los formen. El candidato Marco E-O que, en su gobierno, el joven de La Pintana tendría la misma educación que su hija Manuela. Pienso que para lograr esta meta hay que hacer una verdadera revolución educacional, revolución, digo, es decir, un porcentaje tal del presupuesto nacional que permita una formación docente de calidad similar a la de los países escandinavos y un presupuesto que, al menos, iguale el gasto por alumno entre la Manuelita y la niña de La Pintana. Todo lo demás es música.
El último díscolo a tratar se refiere a Marco Enríquez-Ominami, quien acaba de lanzar, en el auditorio de la Telefónica, el libro de Patricio Navia, El díscolo, conversaciones con Marco Enríquez-Ominami. En el acto asistimos a distintas versiones sobre este candidato presidencial díscolo: el historiador Alfredo Joselyn-Holt comenzó citando Balance Patriótico, de Vicente Huidobro; el gran poeta, con mucha razón, mandó a los viejos carcamales de los años veinte al cementerio, alabando la revolución juvenil, que debería liberar a Chile de la podredumbre del régimen parlamentario, no muy lejos de la actual Concertación. Fueron jóvenes Carrera, Bolívar, San Martín, O´Higgins, incluso Porlales; hay algo de esta rebelión juvenil en la candidatura de Marco, aunque al propio candidato no le guste aquello de las rebeliones generacionales. Posteriormente, el historiador, con mucha razón, refuta la tesis de Navia de que Marco es el hijo putativo de la Virgen del Carmen Michelle Bachelet: Marco es hijo de Manuela Gumucio y no de Michelle Bachelet. Es lógico que todos los candidatos quieran ser los padres de "la cariñocracia", expresión de Patricio Navia, pero como el mismo cientista político lo sostiene, aquello de los "cariñitos" de la Presidenta al pueblo tiene mucho más inconsistencias que coherencias. Si uno recurriera a la paradoja, podría presentar un programa que sólo contuviera "seis bonos de $40.000 al año" y más nada. Poco importa que, de tanto pan y circo, den pocas ganas de trabajar - si hasta Piñera regala "un millón de empleos" sin que a nadie le importe cómo los va a financiar. Chile no es Estados Unidos, donde tú puedes hacer andar a máquina impresora de billetes sin que se devalúe la moneda, pero de lo que se trata es de engañar a los ingenuos, para qué seguir discurriendo sobre estos temas.
Como no quiero extenderme más, en un artículo próximo analizaré el libro de Patricio Navia, El díscolo.
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