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THE PASKIN, UN DIARIO DELIRANTE Y DE MALA LECHE

PARA PONERNOS DE RODILLA NOS TIENEN QUE CORTAR LAS PIERNAS

1 Noviembre 2009

DEMOCRACIA FIDUCIARIA. CON CARNEROS Y SIN CIUDADANOS

 Rafael Luís Gumucio Rivas

El sistema político chileno muestra signos de crisis, incluso de agotamiento. La monarquía presidencial, el sistema electoral binominal, los partidos políticos aislados de la sociedad civil, el matrimonio entre los negocios y la política, todos estos elementos juntos constituyen una jaula de hierro, que más temprano que tarde terminará por explotar. Es cierto que los sistemas políticos, por muy inadecuados que sean, tienen un poder de supervivencia y capacidad de sortear las crisis son mucho más persistentes que los individuos - se dice, con razón, que la muerte no existe en política-. Por condiciones históricas los sistemas políticos chilenos han pervivido muchos años más a los anuncios de su propia decadencia. En Chile hay algo de la idolatría del orden y de pánico al cambio que permite que instituciones agotadas sobrevivan a las crisis.

Se supone que en una democracia representativa el soberano, la ciudadanía, delega el poder a sus representantes, que se canalizan a través de los partidos políticos y de las instituciones republicanas. En las crisis de representación lo que ocurre es que los representantes están completamente divorciados de los electores. En el caso actual, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista y todas las nuevas agrupaciones posteriores se han convertido en mafias, en agencias de empleo, en propiedad personal de sus presidentes y en grupos de presión, cuyos personajes principales son los lobbistas. Al socialismo y a los demócratacristianos les ocurre, como a los viejos, que antes de llegar con paso de parada al sepulcro, comienzan a revisar las viejas fotos, en blanco y negro, de sus glorias pasadas.

Tan cierto es que la muerte no existe en política que, en las últimas elecciones mexicanas el PRI, que parecía definitivamente sepultado, reaparece. Claro que hay otros casos como la Democracia Cristiana, el Socialismo y el Partido Comunista italiano, prácticamente muertos, han inventado la forma para crear un nuevo partido de varias fracciones, que se llama Democrático. En Colombia, liberales y conservadores han sido absorbidos por el uribismo; en Venezuela, el COPEI y ADECO hacen parte de la oposición a Hugo Chávez, con pocas posibilidades de éxito; el APRA peruano, con Alán García, cueta apenas con en 20% del apoyo ciudadano.

Aun cuando sus dirigentes no lo quieran ver, socialistas y demócratacristianos tuvieron una magra votación en las elecciones municipales: los primeros, un 10% y, los segundos, un 15%, que, en el caso de los segundos, los retrotrae a las elecciones municipales de 1961. En democracia se supone que los partidos políticos tiene por función canalizar las opiniones existentes de la sociedad civil. En todo sistema político la legalidad y el monopolio de la coerción legítima se lleva a cabo en las instituciones democráticas, todas ellas surgidas de la soberanía popular; el actor central debiera ser, siempre, el cuerpo electoral y, con mayor amplitud, el pueblo; estas condiciones no ocurren en las crisis de legitimidad - el representante sólo se representa a sí mismo y los ciudadanos únicamente magullan su desagrado, convirtiendo el voto en un rito, cuyo resultado se sabe de antemano.

Es cierto que en Chile los regímenes políticos se han sostenido durante un largo período histórico: el portaliano, de 1830 a 1891, con dos etapas diferentes - pelucones y liberales-; el de asamblea, de 1891 a 1925; el presidencial, de 1933 a 1973; el de la alianza demócratacristiana-socialista, de 1990 hasta ahora, con un turno de 10 años para cada uno de estos partidos. En el fondo, si se revisa bien la historia de Chile, a partir de 1860, se observa un equilibrio entre el poder monárquico del presidente y la fronda de los partidos, sea cual sea la Constitución que la rija - la de 1833 y la de 1925-; sólo en el régimen de asamblea (1891-1925), desaparece la monarquía presidencial, y la totalidad del poder reside en la aristo-plutocracia de los partidos - liberales, nacionales, balmacedistas, radicales, conservadores y demócratas-. En el presidencialismo, a partir de 1933, el monarca-presidente siempre dependió de los partidos y combinaciones - radicales, demócratacristianos, socialistas y comunistas- que, en ese tiempo, tuvieron la virtud, al menos, de integrar en su seno a algunas expresiones de la sociedad civil, razón por la cual casi no hubo espacio para partidos sindicalistas, campesinos, femeninos, de jubilados, u otros; los pocos casos conocidos sólo confirman la regla.

¿Qué está ocurriendo en la actualidad?

Normalmente, en las crisis de representación el actor principal debiera ser el ciudadano, que cuestiona las instituciones periclitadas y carentes de sentido y funcionalidad. El diagnóstico es evidente y compartido por muchos en la actualidad en que el padrón electoral no sólo es viejo desde el punto de vista erario, sino también no da cuenta del universo potencial de trece millones de electores, de los cuales sólo vota siete millones de ciudadanos. Cuatro personas designan, a dedo, a los candidatos a diputados y senadores, además de repartir a su gusto todos los cargos del botín estatal; dicho cínicamente, basta que se reúnan y concuerden los jefes del partido demócratacristiano, socialista, PPD, radical, RN y la UDI para conformar el nuevo parlamento, lo que no sería muy diferente del famoso "congreso termal" de Carlos Ibáñez del Campo. No faltará quien proponga suprimir las elecciones y economizarle al Fisco una cantidad de millones de pesos, que serían muy útiles para combatir el desempleo. En tiempos pasados, las elecciones constituían una fuente de empleo y un bono extraordinario de invierno, que era el cohecho - no falta el mal pensado que sostenga que esto continúa, pero de una forma más sutil-.

Poco importa que el Parlamento, en la actualidad, esté desprestigiado a tal grado que los medios de comunicación se ríen de los diputados, jugando con tan respetable corporación como "el gato maula con el mísero ratón"; cada padre conscripto sabe, muy bien, que tiene su sillón asegurado y todavía no me explico para qué diablo necesita la confirmación de los electores. El rito electoral se ha convertido como territorio de los perros que, con un pipi, asegura que ningún otro canino vaya a invadirlo.

Para ser parlamentario nada más simple que estar siempre callado el loro, ser muy buen amigo y servidor del presidente del partido, jamás protestar por el Distrito que se le designa y asegurarse que por el binominal será elegido. Por último, si por azar no sale elegido - casos muy raros en el sistema actual- hay, como en la lotería, premios de consuelo: puede ser ministro, subsecretario, director de empresas públicas y, si no es muy brillante, ser gobernador, intendente o seremi; aun cuando sea muy chico el Estado, hay para todos; por último, está la empresa privada o convertirse en lobbista.

Este sistema de repartos parece haber hecho agua, pues desde hace algunos años se puso de moda el ir por fuera, como independiente, que dio buenos resultados en las últimas elecciones municipales - claro que rige sistema proporcional-. Qué duda cabe que viste mejor ser independiente que apitutado de partido - con el binominal, esta hazaña es un poco más difícil, pero no imposible-.

Otra nueva costumbre política es la de la expulsión y/o renuncia voluntario a los partidos políticos: en el PPD, salió voluntariamente el diputado Álvaro Escobar y, a raíz de la crítica al escándalo de ChileDeportes, fue defenetrado Jorge Sachaulshon, y lo siguieron, por renuncia voluntaria, Fernando Flores y Esteban Valenzuela; en la Democracia Cristian, Adolfo Zaldívar, llevándose consigo un número importante de diputados; en el Partido Socialista renunció el fundador de la renovación, Jorge Arrate, posteriormente Alejandro Navarro , los socialistas-allendistas Carlos Moya, Estaban Silva,  Marco Enríquez-Ominami y su padre, Carlos.

Los presidentes de partido, con una soberbia y falta inaudita de respeto hacia las personas, consideran la pérdida de militantes y dirigentes históricos como una bicoca, incluso - el "académico de la lengua",  Camilo Escalona, que cada día está más desacreditado y que forma la tribu de bacalaos con los cuales tiene que lidiar el candidato Eduardo Frei - se empeñan en restar importancia a nada menos que a cuatro senadores de la Concertación, (incluso Escalona sostuvo que en su presidencia, han ingresado 80.000 militantes y que los renunciados correspondían a personas fracasadas);  no sabía que en el Estado había tantos cargos para llenar.

Como siempre, las castas parece no tomar en cuenta esta crisis y se demuestran incapaces de crear nuevas formas de hacer política; como decía Alberto Edwards, refiriéndose a la República Parlamentaria, "ni siquiera tienen el egoísmo de Luís XIV, de pensar que después de mí, el diluvio".

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