EL CANDIDATO COJO
Patricio Araya
Si la palabra "compensación" tuviera algún sentido en Política, sin duda, este es el momento apropiado para utilizarla, o para comprenderla mejor, incluso, para buscarle un sinónimo por conveniencia, como "equilibrio". Esto no tiene nada que ver con la justicia, sino con la mesura.
Dado que resulta poco fino -antiestético feminizar ciertos dichos, como aquel utilizado para referirse al último año de un mandatario abandonado por sus ya desinteresados ministros, lo mejor es buscar entre los aspirantes a La Moneda, y ver quién de ellos cojea. La tarea es fácil.
El segundo semestre de este año nos ha provisto de un candidato cojo (y sordo también), en quien personalizar el desgano y su debacle inminente: Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Más encima, el sorteo del Servel lo conminó al cuarto puesto en la papeleta de diciembre. Frei es un candidato que teniendo todo el apoyo del Estado, no agarra vuelo. Un candidato sin chispa ni aliento del que todos huyen, incluso, sus eventuales parlamentarios. Pocos quieren retratarse con un loser, como él. El ex presidente Lagos trata de ayudarlo haciendo el gesto de la L en vez de la nariz. La L de loser. Algunos personeros oficialistas miran el pasto del "vecino", que siempre es más verde, dicen.
Mientras Michelle Bachelet se encarama bien arriba en las encuestas -cuestión que puede discutirse hasta la saciedad, desde otorgarle valor 0 a dichos sondeos, hasta venerarlos como el salmo 23-, su sucesor "por derecho propio", no logra avanzar al mismo ritmo. De nada han servido los salvavidas de última hora enviados por Bachelet: Andrés Velasco, Ángela Jeria, Laura Albornoz, y otros.
Frei no parte ni en bajada. Es como un Peugeot 404: un clásico. Pero, ¿de qué sirve un clásico sin alma? De hecho, el Pato del Bancoestado -que no cojea- tiene más gracia que él. ¿Estará vivo Frei, o será una momia?
¡Qué tremenda irresponsabilidad de la Concertación! Eso ocurre cuando se acaban las ideas, o cuando se insiste en las archisabidas, o cuando dar un paso al costado se torna imposible o complicado, o cuando el pánico de perder los privilegios supera la inventiva. Ya le sucedió al PRI mexicano después de 71 años en el poder. La Concertación se quedó pegada en su "poder". Y hoy día no tiene cómo retenerlo, e insiste en proponernos un candidato desafinado, desteñido, carente de proyectos. Algunos piensan que ya se es viejo cuando los recuerdos superan a los proyectos. Tal vez la cuota de rebalse que toleramos de chilenos es de 17 años. Ya la pasamos.
Con su candidato rengueando tras los otros, el conglomerado oficialista está haciendo lo del perro del hortelano: no come ni deja comer. Peor aún, tira el plato y la comida para el otro patio. En la Concertación tampoco han escuchado hablar de renovación, y a los que osan plantearla con el fin de airear la casa y las ideas, los sacan del camino, a codazo limpio.
Cada vez que la Concertación enfrenta una nueva elección, lo hace desde una perspectiva terminal, apocalíptica. En eso se parece bastante a la dictadura: o es ella o nada. Eduardo Frei es el epítome de la filosofía concertacionista del blanco y negro, tan distante del arco iris que alguna vez encantó a muchos.
El riesgo de plantear una propuesta tan fundamentalista como la del "todo o nada", resulta ser la paradoja del equilibrio. Si Frei no logra pasar a segunda vuelta -cuestión que el Gobierno no está dispuesto a seguir arriesgando más-, MEO tendrá que "negociar" su derrota ante Piñera. Es decir, todos aquellos que apostaron por el diputado ex PS -saliéndose de la Concertación o adhiriendo desde otras latitudes-, podrán estar tranquilos durante los próximos cuatro años: tendrán pegas seguras y en sus ratos libres podrán rearmarse para competir contra los candidatos que surjan del nuevo oficialismo, y los dos o tres que superen la fase de las cenizas concertacionistas post Frei.
Antes que las palabras "compensación" y "equilibrio" pasen del diccionario al habla diaria de los chilenos, tendremos que seguir viendo la misma película: Frei y Piñera sacándose sus riquezas al sol delante de todos. Hablando de millones mal habidos y trampas infalibles al por mayor, hastiándonos con sus fortunas vomitivas y sus enfermizas obsesiones por llegar a La Moneda. ¿Podría importarnos aquello, o acaso nosotros podríamos importarles a esos dos? Lo lamentable es que uno de ellos será presidente.
Arrate, recordándonos a ese tío cesante ilustrado que nunca falta los domingos al almuerzo, simpático, soplándoles a todos que las ideas siempre serán más potentes que los códigos del mercado, y que el país que muchos imaginamos como posible, es posible, siempre y cuando el mundo se detenga un rato para abordarlo tras su vorágine consumista. Y, MEO, el sobrino hinchapelotas de Camilo, luciéndose delante de su ex familia concertacionista, queriendo darse el gustito de su vida: disputar la final soñada con la derecha. Y ganarla.
