MARCOS ROITMAN ROSENMANN  

Desde hace unos años se ha levantado una polémica donde se entrecruzan diferentes debates.  Sin duda, las discusiones hacen referencia a las preocupaciones  sobre  el futuro que nos espera y  los retos de un mundo que se resquebraja  a marchas forzadas. Bajo este enfoque, los escenarios  oscilan entre  las visiones más pesimistas a las, como no podía ser de otro modo,  más optimistas. Conservadores, neoliberales, socialdemócratas e izquierda están abocados a construir estrategias  tendentes a   corroborar  y descalificar alternativas sobre el alcance y profundidad de la crisis capitalista actual, las luchas anticapitalistas, las perspectivas de la democracia y la viabilidad del socialismo. 

Para no errar en los análisis debemos partir de un marco contextual. Nos encontramos inmersos en el modo de producción capitalista, siendo  sus  trasformaciones lo que marca el tiempo de lo político.  Hoy,  todo  valor de uso puede ser transformado en mercancía. Nada se resiste a su lógica.  El ejemplo más evidente proviene del propio cuerpo humano. Ojos, riñones, hígados, huesos, tendones, etcétera,  tienen un valor de cambio.   Así, por un lado,  las clases populares, explotadas y dominadas aportan sus órganos para enfrentar el hambre;  mientras tanto,  las burguesías y los sectores medios se benefician de la pobreza que obliga a vender  cada órgano acorde a la oferta y demanda.  Los receptores alargan su vida y los "donantes" forzados, pueden pagar sus deudas y comer durante algún tiempo.  Cuando llegamos a este punto,  los  límites éticos los engulle  el mercado. 

Sin embargo,  para los acólitos del progreso,  poder acceder a un banco privado de  retinas, plasma, sangre o riñones  debe considerarse un avance civilizatorio  científico-técnico. Nada puede resistirse al tren del progreso, y si existen efectos no deseados como  el calentamiento global, la contaminación o la degradación ecológica, será  la propia revolución   científico-técnica quien cree los  antídotos, revirtiendo y reparando el daño infringido. Por tanto se puede seguir profundizando  en esta dirección y no alterar la bitácora de viaje.   

Nada más lejos de la realidad, dichos  argumentos podemos clasificarlos de temerarios e  irresponsables.  De continuar con la dinámica depredadora del capitalismo, acabaremos ahondando en el proceso deshumanizador cuya primera consecuencia, será la implantación definitiva de estados totalitarios. Si el mercado impone su lógica sin contrapesos, las contradicciones del imperialismo contemporáneo nos llevarán, de forma casi segura, a una guerra sin cuartel por apropiarse de los  recursos naturales, imperando la ley del más fuerte.   En este plano, estamos ante una disyuntiva que obliga a cambiar de rumbo y pensar en otro modo de producción  y de vida,   si no queremos asistir  a una catástrofe irreversible de proporciones planetarias  como parte del quehacer del capitalismo del siglo XXI. 

Puestos en esta situación, la lucha teórica se ubica en el primer plano de la batalla política, más allá de tertulias  eruditas de café.  Ya no es posible, si alguna vez lo fue,  emprender una reflexión sobre  alternativas y  cambio social democrático al margen de los procesos de liberación que abren nuevas formas de pensar y  actuar. Ejemplos  de esta unidad entre luchas democráticas, de liberación nacional  y anticapitalista la hayamos en  el Sumak Kawsay o el buen vivir que impulsa  la nueva constitución del Ecuador; asimismo,  forma parte del    Estado plurinacional y la ciudadanía plena  definidos en  Carta Magna boliviana, pero también  está presente en  los Municipios Autónomos de Rebeldía Zapatista; sin olvidarnos de los aportes provenientes de la revolución cubana y las propuestas lanzadas por  la República Bolivariana de  Venezuela,  el ALBA y el Banco del Sur, entre las destacadas. 

Desentrañar los equívocos del progresismo

 En esta lucha por imponer y dar por buena la lógica sistémica del capitalismo se enquista la  mentalidad progresista social-conformista. Sus analistas más influyentes  proceden de aquella intelectualidad autodefinida como progresistas de izquierda. Sus fundamentos teóricos y políticos sirven de apoyo a las políticas más perversas del capitalismo con el fin de dotarlo de un rostro humano.

Desentrañar equívocos y desmantelar la mentalidad progresista del mundo, nos obliga a realizar una inmersión en su método y  postulados. En primer lugar, introducen la crítica en el argumento, haciendo inviable cualquier  discusión rigurosa. En segundo término falsean la naturaleza de instituciones y le quitan su esencia capitalista. Así, un banco podría una entidad caritativa,  las clínicas privadas practicar la medicina preventiva y las universidades privadas desear la gratuidad de la enseñanza superior.  En tercer  lugar, el pensamiento progresista confunde la realidad con sus deseos.  
   
Bajo este paraguas, sus mentes pensantes,  construyen un  mundo dual, en el cual se enfrentan las fuerzas progresistas contra una derecha cavernícola. De la noche a la mañana y por arte de magia,  debemos entender que ser progresista consiste en ponerse al lado de  los desamparados, los dominados, explotados  y excluidos.  Así, el principal atributo de los progresistas consiste en cubrir con un manto de sensibilidad social sus políticas públicas. De esta manera tan laxa, todos aquellos que posean dicho atributo,   deben considerarse progresistas y soldados combatientes en la lucha contra  la derecha oscurantista y neoliberal. Incluso, algunos  podrían confundirse con los bien intencionados socialdemócratas del  siglo XXI.   

Los ejemplos de hombres y mujeres imbuidos  del halo progresista son muchos. Podemos empezar la lista con el todo poderoso  Billy Gates. En su haber debemos apuntar su decisión de donar  la mitad de su fortuna a obras sociales y el  apoyar la candidatura del, hoy presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. En segundo lugar, situaríamos a la mismísima  reina de Gran Bretaña  al financiar, de su bolsillo, a jóvenes universitarios de escasos recursos para que puedan concluir sus investigaciones y tesis doctorales. El siguiente militante progresista recaería en la figura de  George Soros, empresario filántropo, mecenas del arte y la cultura. En esta lista de progresistas no podía faltar   Carlos Slim,   empresario mexicano, preocupado  por el buen hacer de las políticas sociales de los gobiernos, con alto grado de sensibilidad social.  Y ene sta lista no podemos olvidarnos como olvidarnos de  los grandes   banqueros. Ellos son la personificación del altruismo,  invierten una proporción de sus beneficios en obra social.  Financian universidades públicas,  se comprometen en la defensa del medio ambiente y emprenden campañas por la integración de los disminuidos psíquicos y físicos al mercado de trabajo. sería del todo injusto sustraerles el apelativo de progresistas.  En fin, podríamos   afirmar, sin temor a equivocarnos,  que  organismos y personas partidarios de luchar contra el efecto invernadero o  salvar al lince ibérico son progresistas por  convicción.

Esta amalgama de sujetos,  entre los que se encuentran   empresarios, monarcas, industriales, políticos y banqueros  pueden dormir tranquilos, ellos poseen un plácet  progresista  otorgado por las autoridades pertenecientes  a la izquierda del  neoliberalismo.  De esta manera Brigitte Bardott puede ser considerada  su estandarte cuando se muestra su rechazo a la matanza de las focas para el tráfico de pieles. Pero no atino a corroborar su progresismo  cuando  muestra su simpatía  por el ultraderechista Le Pen al tiempo que  pide la expulsión inmediata y sin derecho de habeas corpus  de los inmigrantes ilegales de Francia. En esta circunstancia me asaltan dudas  y me pregunto: ¿Puedo aliarme con Briggite Bardott  en la lucha por evitar una muerte cruel  de las  indefensas focas y dejar a un lado su ideológica neofascista? La perplejidad con rasgos esquizofrénicos se adueña de mi persona y se hace aún más evidente cuando de su boca escucho las siguientes declaraciones:  "Hemos perdido el derecho a escandalizarnos cuando los clandestinos y pordioseros profanan nuestras iglesias y las transforman en pocilgas humanas, cagando detrás del altar o haciendo pis en las columnas, expandiendo sus olores nauseabundos  bajo las bóvedas sagradas".

Tal vez deba tomar un respiro, hacer tripas corazón y ver el lado positivo:  Brigitte Bardott,  ha sido una sex-simbol, no importa que sea racista y xenófoba,  a fin de cuenta tiene un corazón progresista cuando se trata de  focas. Por consiguiente, tomaré  su mano le investiré de progresismo y para justificarme, me ampararé en el dicho popular: "no importa de qué color sea el gato,  blanco o negro, lo importante es que cace ratones".

Llegados a este punto de ingenuidad política, por decir lo menos, se puede justificar cualquier tipo de alianza  contra natura. Por la mañana me levanto progresista y por la noche me acuesto conservador. De esta guisa,  asistimos a  un acto deliberado de no querer ver , oír y escuchar. Por decisión pragmática, los progresistas se desprenden del  juicio crítico, aparcan la conciencia  y renuncian a la construcción de una voluntad política liberadora. El socialconformismo político y teórico prefiere   combatir y criticar a la izquierda anticapitalista,  antes   que cuestionar sus preciados gobiernos progresistas,  Argentina, Uruguay, Brasil o Nicaragua,  avalando  conductas  reaccionarias y apoyándose en sus socios, los  banqueros y empresarios  progresistas impregnados de sensibilidad social.  

La contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola

Es a todas luces, un desatino  afirmar que un gobierno adjetivado de progresista, por arte de magia,  tiene como objetivo  luchar contra el gran capital y las transnacionales. En este principio se esconde su renuncia a luchar contra el capitalismo. si nos atenemos a la historia,   la contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola. En rigor, el origen del concepto progresista proviene del campo  liberal y en él se incuba la idea de progreso. Salvo que los social-conformistas  digan otra cosa, la izquierda política y teórica no se adhiere a la idea de progreso. Para quienes duden y muestren sorpresa,  sugiero releer el libro de Federico Engels: El origen de la familia, el estado  y la propiedad privada. Y si algunos desatienden el consejo por considerarlo  poco científico y dogmático,  recomiendo acudir a la lectura de  dos textos fundamentales para comprender la idea de progreso  y su diferencia con teoría de la evolución, campo en el cual se reconoce la izquierda política. Me refiero a la obra de John Bury: La idea de progreso. Alianza Editorial 1984; y a los escritos de Stephen Jay Gould: La Estructura de la teoría de la evoluciónLa falsa medida del hombre;  La grandeza de la vida; y La vida Maravillosa. Todos publicados por Editorial Crítica, Barcelona. 

 Con lo expuesto no se niega la existencia de contradicciones  al interior de  las clases dominantes, ni se  desconoce la diferencia entre el capitalismo propuesto por   Hayek y Keynes. De sobra sabemos que existen distancias teóricas y políticas.  Tampoco  es de recibo anular los matices ideológicos presentes entre los gobiernos de la Concertación en Chile  y el actual, encabezado por el empresario  Sebastián Piñera. Tampoco es igual que gobierne  el PAN o el PRD  en México. Pensarlo y decirlo  demostraría miopía política y una gran dosis de ignorancia.  Pero, una vez enunciado lo evidente, no podemos quedarnos en la superficie.  Aún no conozco,  en la praxis política, una fórmula que permita  soslayar la lucha de clases para describir el papel y el lugar que ocupan  los sujetos políticos en las estructuras sociales y de poder. En esta lógica, los progresistas pertenecientes a la izquierda del neoliberalismo, confunden la lucha por construir una nación democrática articuladora de  ciudadanía política plena y con  procesos promovidos por gobiernos de la derecha enquistados en  discursos  populistas. Eso forma parte de la historia latinoamericana. Los estados y regímenes oligárquicos eran excluyentes, censitarios y represivos.  Las luchas democráticas se inscriben en esta dimensión por crear ciudadanía, bajo  una perspectiva antiimperialista, antioligárquica y de liberación nacional.  

Igualmente, el socialconformismo,  sin vergüenza alguna, acusa a la izquierda "radical" y "anticapitalista" de no entender   las transformaciones del estado capitalista contemporáneo y no ver la relación  existente entre viejos y nuevos movimientos sociales y los partidos políticos. De  paso y sin arrugarse la cara, los progresistas dicen  tender la mano a la izquierda anticapitalista para demostrar su tolerancia, subrayando  que es la derecha la que busca dividir al bloque de progreso y no ellos. Son portadores de un pensamiento gelatinoso que les incapacita para comprender que no es oro todo lo que reluce. Los movimientos sociales no son la panacea ni todos se alinean en la izquierda.  Baste recordar que en Chile,  durante el gobierno de la Unidad Popular, se configuraron los más poderosos   movimientos sociales de derecha, bajo la estrategia del gremialismo. El ejemplo se puede extender a cualquier movimiento social, sea de género, étnico, de clase o cultural.

Si renunciamos a utilizar las categorías básicas para explicar la dinámica del capitalismo global, las posibilidades de construir alternativas se reducen al mínimo, sino desaparecen del todo. Y es esto lo que sucede con los progresistas,  pierden de vista la contradicción capital y el trabajo, de esta manera,   la realidad se torna un conjunto indeterminado de factores de la cual acaban por desaparecer las diferencias entre explotados y explotadores. Y no se trata de un reduccionismo infantil, cuestión de la que sí pecan los progresistas adscritos a la izquierda del neoliberalismo,  cuando justifican el vicepresidente neoliberal  del gobierno Lula y dan  su  apoyo a Cristina Kirchner, o pasan por alto  la persecución y encarcelamiento de las mujeres que practiquen el aborto en la  "progresista" Nicaragua del presidente   Daniel Ortega. Para este viaje no se necesitan alforjas. Siempre se puede  argumentar que existe una derecha  más reaccionaria  que justifique  alianzas progresistas entre empresarios, banqueros, iglesia y la izquierda neoliberal. Es el mismo argumento utilizado  por  James Bond contra el Doctor No. En medio de la  tortura y a punto de ser seccionado por el potente rayo laser, el agente 007 en un acto desesperado para salvar la vida,  en un tono firme declama: "si muero  vendrá 008, un agente mejor preparado y sin remordimientos". Con el miedo en el cuerpo, sus captores deciden perdonarle la vida. No sea que el  siguiente, realmente  acabe con ellos.   El argumento perverso se enquista en la mente de los progresistas. Es preferible diablo conocido que ángel por conocer.  Sin embargo, un ejercicio de dialéctico no viene mal.  Los progresistas  con ello están justificando su comportamiento pero son incapaces de  interpretar porqué actúan como lo hacen.   Por ello luego viene las sorpresas.  A la hora de la verdad, las clases dominantes no les duelen prendas a la hora de patrocinar golpes de Estado  si con ello se juegan su porvenir. En momentos de crisis se quitan la careta democrática.

 ¿Cómo interpretar el acuerdo entre  liberales y conservadores hondureños  a la hora de  perpetrar el golpe de Estado  contra el presidente Manuel Zelaya? Cualquier análisis de coyuntura debe considerar esta posibilidad a la hora de elaborar estrategias de cambio social democráticas. No por ello, debemos obviar, que  en el siglo pasado,  los golpes de Estado tomaron, en algunos casos, direcciones contrarias a la doctrina de la seguridad nacional diseñada por los Estados Unidos. En Bolivia no fue lo mismo Banzer que Torres. Tampoco en Perú lo son   Velasco Alvarado o Bermúdez. En Panamá Omar Torrijos no era un gorila como lo fue Castelo Branco en Brasil o Pinochet en Chile. Pero todos ellos tenían en común ser militares, una verdad de Perogrullo. Sin embargo,  pretender bajo este principio,  abstraer las realidades nacionales es manipular la historia. En este sentido,  los progresistas alineados al socialconformismo  no son capaces de  explicar las causas de la actual militarización  en Perú, Colombia, México,  Panamá y Honduras. Aún así,   no es lo mismo Alan García en Perú  que  Micheletti en panamá, Lobo en Honduras o el sucesor de Álvaro Uribe en Colombia, Juan Manuel Santos.  

El socialconformismo de contingencia tampoco ha sido capaz   de dar una respuesta   a los recortes sindicales y derechos laborales llevados a cabo por los gobiernos progresistas. Ellos prefieren recurrir a las macrocifras para justificar el éxito de sus políticas.  Aducen a la disminución de la pobreza extrema en países como Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, pero se olvidan que  la desigualdad económica aumentó en los dos últimos decenios. Basta  leer el último informe de CEPAL presentado en junio de 2010:  La hora de la igualdad. Brecha por cerrar, caminos por abrir. 

 Los progresistas adscritos a la izquierda neoliberal,  no logran entender las transformaciones  del estado capitalista. Son incapaces de visualizar como las instituciones estatales se han reformado mostrando una gran plasticidad a la hora de promover la desregulación, la descentralización y la privatización. El Estado no es débil.  No verlo, es confundir lo estatal con lo público.  De lo contrario no se puede  explicar  su actuación cuando autoriza la entrega de dinero público  a los bancos para salir de su crisis, y son cientos de miles de millones de euros y dólares.

Tampoco es cierto  que la derecha sitúe a la política en un lugar intrascendente, como señalan los progresistas.  Para el neoliberalismo,  pierde su centralidad, no por ello deja de tener importancia. Hoy, la política se "despolitiza", no supone luchar por el poder político, de allí que se hable de alternancia y no de alternativa.  Así nace la nueva gestión pública, cuyo objetivo es trasladas las prácticas empresariales a la administración. En otras palabras, dotar de racionalidad y eficacia las instituciones estatales. Esa es función asignada a la acción política. En otras palabras, estamos asistiendo  a una nueva relación  entre población, seguridad y territorio. Se trata   de una  gobernabilidad  oligárquica y pre- totalitaria. No querer ver esta  realidad  es miopía política y teórica.

Por último, el progresismo social-conformista se viste con un traje alquilado, y se presenta como  izquierda  responsable y defensora del orden institucional.  Prefieren gestionar el capitalismo y ser su ala de izquierda, antes que reconocerse en las luchas anticapitalistas, antiimperialistas y democráticas. Por consiguiente, también hacen pública renuncia de la lucha teórica. Ellos, han perdido el norte y en su debacle,  prefieren convertirse en  portavoces "autorizados" de gobiernos progresistas que los utilizan en pro de sus intereses. Todo sea por  aumentar sus cuentas bancarias y sacarse fotos con el poder. En conclusión,  me inclino por pensar que es más idóneo hablar de una crisis de teóricos vulgares deseosos de ser absorbidos por el sistema, que plantearme una inexistente  crisis  teórica. ese es el verdadero debate.